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Rudolf Steiner

LA VIVENCIA DE LA PARTE VOLITIVA DEL ALMA

Cuando la conciencia habitual pone en actividad a la voluntad, allí cobra acción especial una parte del organismo astral que se halla en una  conexión más desprendida con el organismo físico como aquel que corresponde al sentir. Y esa parte correspondiente al sentir del organismo astral ya se encuentra ligado de manera más suelta con el organismo físico que aquel que corresponde al pensar. A su vez en el organismo astral de la voluntad, se encuentra el verdadero ser del “yo”. Mientras que al sentimiento le corresponde lo anímico-espiritual que se encuentra en conexión activa constante con la parte rítmica del organismo físico, la parte volitiva del alma compenetra constantemente al organismo metabólico y la organización de los miembros; pero se encuentra en una relación activa solamente con estos miembros del ser humano, al llevarse a cabo una voluntad.

La relación de la parte pensante del alma hacia la organización de la cabeza, es un estar entregado de lo espiritual anímico a lo físico. La relación del alma que siente, hacia la organización rítmica, es una entrega cambiante con luego un retiro. La parte volitiva empero, se encuentra en una relación hacia lo físico, que en principio el mismo lo experimenta como lo no-consciente anímico. Se trata de un no-consciente deseo por el acontecer físico y etérico. Por su propia identidad, esa parte volitiva no se compensa en la actividad física. Se retrotrae de la misma, estando viva anímica-espiritualmente. Solamente cuando la parte anímica-pensante alarga su actividad hacia la organización metabólica de los miembros, se estimula la parte volitiva con respecto a su entrega a la organización física y etérica, para estar activa allí.

A la parte anímica-pensante, subyace una actividad catabólica del organismo físico. En la formación de los pensamientos, este catabolismo se limita únicamente a la organización de la cabeza. Para que pueda producirse un hecho volitivo, la actividad catabólica se apodera de la organización de los miembros.

La fuerza del pensamiento entra con su fluir al organismo del tronco y de los miembros, dentro del cual le corresponde una actividad catabólica del organismo físico. Esto estimula a la parte volitiva del alma, a oponer un anabolismo al catabolismo, una actividad de formación, de configuración a la actividad orgánica disolvente.

De esta manera, la vida y la muerte están luchando en el ser del hombre. En el pensar se manifiesta una actividad orgánica siempre en vías de languidecer, en el querer se manifiesta aquello que despierta vida, que crea vida.

En aquellos ejercicios del alma que se emprenden con la meta de la contemplación suprasensoria a modo de ejercicios volitivos, se presenta un éxito únicamente, cuando se convierten en una vivencia interior del dolor. Quien a su voluntad eleva una energía mayor, tendrá como consecuencia, un sentimiento penoso. En etapas más antiguas de la evolución humana, este dolor era producido directamente a través de prácticas ascéticas. Mediante las mismas, el cuerpo era conducido a un estado que dificultaba a lo anímico, entregarse al mismo. De esta manera, la parte volitiva del alma fue arrancada del cuerpo, siendo incentivada para la independiente vivencia del mundo espiritual. Este tipo de ejercicios ya no es apropiado para aquella organización humana alcanzada en la época actual de la evolución terrenal. El organismo humano ahora está dispuesto de manera tal que lo estamos alterando como fundamento del desarrollo del yo, al practicar los antiguos ejercicios acéticos. Ahora tenemos que hacer lo contrario. Los ejercicios del alma necesarios en la época actual, para liberar del cuerpo la parte volitiva del alma, han formado el objeto de una característica en lo expuesto con anterioridad. Llevan a cabo el fortalecimiento de esta parte del alma no desde el lado corporal, sino desde el lado del alma. Vigorizan lo anímico -espiritual en el hombre, sin tocar lo físico-corporal.

Ya desde la conciencia común podemos ver como la vivencia del dolor está relacionada con el desarrollo de las experiencias anímicas. Cualquiera que ha conquistado algún conocimiento de tipo superior dirá: estoy agradecido al destino, por los acontecimientos felices en mi vida, mis conocimientos con arraigue en la verdadera realidad los debo empero, a mis experiencias de dolor y  de amargura.

Para fortalecer la parte volitiva del alma, tal como es necesario para la obtención del conocimiento intuitivo, en un principio tiene que ser vigorizado el deseo, que en la vida común el hombre se plasma a través del organismo físico. Esto acontece mediante los ejercicios caracterizados. Cuando este deseo se presenta de manera tal que el organismo físico en su consistencia terrenal no puede ser fundamentado para él mismo, entonces la vivencia de la parte volitiva del alma, pasa al mundo espiritual y se presenta la contemplación intuitiva. Por lo tanto para esa contemplación, toma conciencia propia de sí mismo, la parte espiritual-eterna de la vida del alma. De la misma manera como la conciencia que habita en el cuerpo vivencia a LA MISMA dentro de sí, así la conciencia espiritual vivencia el contenido de un mundo espiritual.

En el acontecer alternativo de anabolismo y catabolismo de la organización humana, tal como se manifiesta en la organización humana del pensar, del sentir y del querer, tenemos que ver al curso más o menos normal humano de la existencia terrenal. En la infancia es diferente como en el ser humano adulto.

La misión de una pedagogía verdadera, es comprender como las fuerzas catabólicas y las fuerzas anabólicas actúan en la infancia y qué efecto se ejerce a través de la educación y la enseñanza. El mismo tan solo puede generarse a partir de la cognición radicada en lo suprasensorio de la completa naturaleza humana, según su ser corporal, anímico y espiritual. Un conocimiento que se mantiene únicamente dentro de los límites de lo alcanzable científico-naturalmente, no puede ser el fundamento de una verdadera pedagogía.

En el hombre enfermo, se encuentra alterado el curso más o menos normal de la relación recíproca entre las fuerzas catabólicas y anabólicas de todo el organismo, o con respecto a algunos órganos. Ya sea que predomina el anabolismo dentro de una vida de exuberante crecimiento, o el catabolismo en formaciones destructivas de diferentes órganos o procesos. Apreciar lo que allí acontece, lo puede únicamente aquel que reconoce la organización humana en su conjunto, según su organismo físico, etérico, astral y la entidad del yo. Y los medios para una curación también solamente pueden ser encontrados mediante una cognición de esa naturaleza. Dado que en los reinos del mundo exterior existen seres minerales y vegetales, en los cuales en ocasión de un conocimiento anabólico descubrimos fuerzas que actúan en contra de un determinado tipo de fuerzas de excesivo anabolismo o catabolismo en el organismo. De la misma manera una contra acción tal puede ser hallada en determinadas ejecuciones del organismo mismo, que durante el estado con salud no se llevan a cabo o no son incentivados. Una verdadera cognición medicinal, una patología auténtica y una terapia, solamente pueden estar edificadas sobre un conocimiento abarcativo del ser humano, de su espíritu, su alma y su cuerpo, que emplea los resultados de la imaginación, la inspiración y la intuición. En la actualidad, el requerimiento de una medicina de esta índole, se cataloga como infantil. Y así se procede por estar ubicados sobre el criterio de una mera ciencia sensoria. Desde este punto de vista es comprensible, dado que desde allí no se imagina cuanto más debemos saber del ser humano que para aquello del mero cuerpo humano. Podemos decir que la Antroposofía conoce las objeciones de sus adversarios  y los valora. Y justamente por ello sabe también cuán difícil resulta, poder convencer estos opositores.

La parte volitiva del alma participa de aquello que acontece en la parte del sentimiento. Esta vivencia se lleva a cabo de manera inconsciente para la vida anímica común. Pero acontece en las profundidades de la organización humana a modo de un contexto de hechos.

Allí, la evaluación de la actividad terrenal-humana, llevada a cabo por el sentimiento y la voluntad, se configura en la búsqueda de oponer el acto deficiente, un acto valioso en la sucesión de la vivencia. Inconscientemente se vivencia toda la cualidad moral del ser humano; y a partir de esa vivencia, se forma una especie de entidad espiritual-anímica, que durante la existencia terrenal va creciendo en la región inconsciente del ser del hombre. Representa aquello que a modo de meta a ser alcanzada, resulta de la existencia terrenal, hacia la cual el hombre en ESTA no puede acceder, porque el organismo físico y el organismo etérico, que tienen su determinada configuración a partir de la vida terrenal  anterior, esto no lo posibilitan. Mediante esta entidad espiritual-anímica, en el ser humano por esa razón vive la búsqueda de plasmar otro organismo físico y etérico, a través del cual el resultado moral de la existencia terrenal puede ser re-organizado en al sucesión existencial.

La formación de un tal organismo físico y etérico solamente puede ser activada, al conducir el hombre la caracterizada entidad espiritual-anímica a través del umbral de la muerte hacia el mundo supra-sensorio.

Inmediatamente al cabo de la muerte el hombre anímico-espiritual durante un breve tiempo tiene consigo al organismo etérico. Allí aparece en la conciencia solamente un indicio del ser valórico espiritual-anímico, inconscientemente moral, generado en la vida terrenal. Dado que el hombre allí se encuentra plenamente sumergido en la contemplación del cosmos etérico. En el siguiente estado vivencial más extenso (que en mi “Teosofía” he denominado mundo del alma) existe una clara conciencia de esta entidad moral de valores; pero aun no, la fuerza para comenzar el accionar en la edificación del germen espiritual para el siguiente organismo físico-terrenal. Allí, el hombre aun tiene una tendencia – a causa de su cualidad moral, adquirida en la vida terrenal, volver la mirada hacia la misma. Al cabo de cierto tiempo, el hombre puede hallar la transición hacia un estado vivencial, en el cual ya no existe esta tendencia.

(En mi “Teosofía” he señalado la región que el hombre allí está pasando, como el ámbito espiritual propiamente dicho). Del aspecto del contenido de pensamientos suprasensorios que el hombre al cabo de la muerte puede conquistar en la conciencia cósmica podemos decir: durante un tiempo después de la muerte, el hombre sigue todavía orientado hacia la tierra, al compenetrarse con las fuerzas espirituales, que tienen su réplica sensoria en las manifestaciones físicas de la luna. Aunque externamente se ha desprendido de la tierra, está empero conectado con la misma, por su contenido espiritual-anímico. Con las caracterizadas fuerzas lunares espirituales, se compenetra todo aquello que el hombre configura durante su existencia terrenal, con respecto a la valorización moral-espiritual hacia un real ser-valorizado en su organismo astral, o tal como más arriba lo hemos dicho, en la inconsciente región de la vida anímica propia del sentimiento y de la voluntad. Este ser-valorizado moral-espiritualmente, tiene un parentesco de contenido con las fuerzas espirituales de la luna. Y son ellas las que retienen al hombre en la tierra. Para la configuración del germen espiritual del organismo físico de la próxima vida terrenal, tiene que empero separarse también espiritual-anímicamente de la tierra. Esto lo logra únicamente, al desprenderse del ámbito de las fuerzas lunares. En este ámbito tiene que dejar atrás, al ser-valorizado moral que le es propio. Dado que el accionar para el futuro organismo físico, en contexto con los seres espirituales del mundo suprasensorio, tiene que acontecer sin el peso producido por ese ser.

Este desprendimiento del ámbito de las fuerzas espirituales lunares no puede ser logrado por el hombre, mediante las fuerzas espirituales anímicas que le son propias. Así y todo debe ser llevado a cabo.

Con anterioridad al Misterio de Golgotha ha sido así, que la ciencia de la iniciación pudo decirle a los hombres: dentro de un determinado momento de la existencia post-terrenal, la vivencia humana debe ser extraída de la esfera lunar, que al hombre lo mantiene dentro del ámbito de la vida planetaria. El hombre no puede promover por sí mismo esa sustracción. Allí empero viene a colaborar con él aquel ser, cuyo reflejo físico es el sol, conduciéndolo a una esfera espiritual pura, en la cual se halla activo él mismo, pero no, la entidad espiritual de la luna. El hombre vivencia una existencia estelar de manera tal que contempla las imágenes originales espirituales de las constelaciones fijas ciertamente del lado opuesto, desde la periferia del cosmos. Esta contemplación, aun cuando las estrellas se le revelan, es un  hecho no-espacial. Con las fuerzas mediante las cuales el hombre ahora se encuentra compenetrado, se le otorga la posibilidad de configurar al germen espiritual del organismo físico, a partir del cosmos. Dentro de él, lo divino lleva a cabo lo divino. Una vez madurado el germen espiritual, se inicia el descenso hacia una nueva existencia terrenal. El hombre entra nuevamente en la esfera lunar. Allí encuentra al ser valorizado moral-espiritualmente, que ha dejado allí, en ocasión de su entrada a la pura existencia estelar,  y lo incorpora a su ser anímico-espiritual, para constituirlo en el fundamento (cósmicamente destinado) de su próxima vida terrenal, acorde a su destino.

La ciencia de iniciación del cristianismo brinda otro resultado. Mediante la recepción de la fuerza que para el alma procede de la contemplativa y activa participación vivencial de la vida crística-terrenal y el Misterio de Golgotha, el hombre ya en la tierra y no recién a través del ser-solar adquiere al cabo de la muerte la facultad de extraerse en un determinado momento de existencia post-terrenal de la influencia lunar, para entrar a la nítida esfera estelar. Esta facultad es la IMAGEN OPUESTA DE LA LIBERTAD, vivenciada al cabo de la muerte, a través de la conciencia del yo en la vida terrenal. Entonces en la época entre la muerte y un nuevo nacimiento el hombre se hace cargo de su ser valorizado moral, que había quedado en la esfera lunar, como plasmador de su destino, que de esta manera puede vivenciar en libertad en la siguiente existencia terrenal. También porta en libertad consigo, el post-efecto terrenal de su existencia vivida entre la muerte y el nacimiento, compenetrada por lo divino, a modo de conciencia religiosa.

Una nueva ciencia de la iniciación esto lo puede vislumbrar, reconociendo el accionar del Cristo en la existencia humana. A una filosofía con plenitud de vida y una cosmología que reconoce a su vez, al cosmos-espíritu, un conocimiento religioso que reconoce al Cristo como mediador de una renovada conciencia religiosa, como el conductor mundial hacia la libertad.

14.11.2016