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Este cuento ya lo hemos escrito antes. Pero quería colocar como cierre de este cuaderno, algo simple, algo que llega directamente al corazón, porque nos pasa a todos…

Con infinito cariño, Ana María

La flauta del Niño –pastor  DAN LINDHOLM

En la noche en la que el Redentor ha nacido, un humilde niño pastor en la cercanía de Belén estaba buscando una oveja que se le había perdido. Es por ello, que no se encontraba entre los pastores aquellos de los cuales escuchamos en los Evangelios.

Este niño se encontraba al servicio de un amo muy severo. Si llegase a casa faltando un animal, lo estaría aguardando un castigo físico. Es por ello que poca atención prestaba a las extrañas cosas que estaban aconteciendo a su alrededor. No percibió, que el viento dejó de soplar, no notó, que los pájaros comenzaron a cantar, no vio, que las estrellas fulgurasen con doble esplendor. Seguía ascendiendo la colina, revisó debajo de cada arbusto, hasta que finalmente había llegado a la cumbre. Desde allí pudo recorrer con la mirada los campos hasta el pueblo de Belén.

Al estar parado allá arriba, aconteció que el cielo se abriera, que la noche se iluminó como si fuese de día. Apareció un sin-número de Ángeles y un canto de alabanza recorrió a la tierna. Esta magnitud del milagro, hasta hoy pocas personas han comprendido. Es perdonable entonces, que un humilde pastorcito no lo comprendiera de inmediato. Estaba pensando en la oveja perdida y quiso seguir buscándola. Entonces de pronto frente a él se hallaba un Ángel y dijo: “No te preocupes por tu ovejita. A esta hora un mayor pastor ha nacido. Corre hacia Belén, donde el niño-Cristo, redentor del mundo yace en el pesebre.”

El pastorcito le contestó: “No puedo presentarme frente al redentor del mundo, sin la posibilidad de llevarle un regalo.”

“Toma esta flauta y tócale una canción al niño”, dijo el Ángel, le dio la flauta y desapareció de inmediato. Siete sonidos tenían la flauta y cuando el niño la llevó a sus labios, tocaba casi por sí misma. Agradecido y dichoso, el niño corrió laderas hacia abajo. Al querer soltar para cruzar un arroyito, tropezó y  cayó sobre los quijarros. La flauta cayó de sus manos y siendo así, pronunció una palabra que dicen los pastores al estar enojados. Y no era una buena palabra. Y cuando levantó a la flauta, había desaparecido un sonido.

Quedan empero seis sonidos. No hubo tiempo para llorar, el camino era mejor ahora y siguió andando lo más rápido posible. De pronto se detuvo. En medio del camino estaba sentado un lobo enorme, el ladrón de corderos en persona, mostrando sus filosos dientes. El niño era presa del a rabia. Exclamó: “Fuera de aquí!” y sin darse cuenta había arrojado la flauta hacia el animal que estaba huyendo. Cuando la recuperó tenía tan solo cinco sonidos.

Ahora había llegado a la planicie, donde se encontraba el rebaño. Todos los animales se hallaban en reposo, imperaba un profundo silencio. Solamente una oveja estaba dando vueltas, balando. El niño quiso llevarla al corral, corrió detrás de ella, y como se esquivaba, le tiró con aquello que tuvo en la mano. Era la flauta, que nuevamente perdió un sonido.

¿Dónde estaban los demás pastores? Él no sabía, que ya se hallaban arrodillados en el establo frente al niño. Suponía que se encontraban en la posada, tomando cerveza. Y él, como el más joven nuevamente tendría que permanecer como guardián junto a las ovejas. De mal humor, le dio un puntapié a una vasija de agua, parada junto al fogón. Sucedió entonces que a modo de una mano invisible le hubiese golpeado, cayendo al suelo la flauta. Y cuando la levantó, tan solo tuvo tres sonidos. Emprendió el camino a Belén. Al transponer portal hacia el pueblo, hubo allí un grupo de muchachos, que quería quitarle la flauta.

El se resistió y allí hubo entonces goles de puño. Pudo conservar la flauta, pero un tono había desaparecido. De todos modos había llegado al establo. Alto por encima del techo, brillaba la milagrosa estrella, en el pesebre yacía el redentor del mundo.

Así y todo, tuvo que acontecer, que la flauta tuvo un solo sonido cuanto entró al establo. Dado que cuando pasó por la puerta, lo atacó el perro furibundo del posadero. Y no supo defenderse de otra manera, que aquella con la cual tuvo en sus manos, y era la flauta.

Allí estaba entonces junto a la puerta, sin atreverse a aproximar al niño. Sintió vergüenza por el hecho de que tan poco quedaba de su regalo.

En su inconsciencia no había sabido, que todo camino hacia el redentor de todos los hombres tiene esta característica.

La Madre del Niño empero lo llamó, lentamente, el niño salió de su rincón, tocando su único, último sonido, y era de una maravillosa belleza. Escuchó el Niño, todos los que allí en el establo escucharon, María y José, el buey y el burro. El Niño empero, extendió su mano divina y tocó la flauta. Y he aquí que al instante recobró todo su sonido, toda su música, resonando maravillosamente, tal como resonaba desde el cielo.

14.11.2016

¡Que todas nuestras flautas se unan en coro divino en esta Nueva Navidad!