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Traducción hecha para Marisa Lienhardt

EL ORIGEN DE LA ARQUITECTURA A PARTIR DE LO ANÍMICO DEL HOMBRE Y SU RELACIÓN CON EL PASO DE LA EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD

Primera conferencia, Berlín, 12 de Diciembre de 1911

Mis queridos amigos! El edificio Johannes, en la medida que debe abarcar el campo de acción de nuestra ciencia espiritual, deberá ser algo, que toma en cuenta las condiciones de desarrollo de la humanidad en su conjunto. Y será esto, o no será aquello que realmente debe ser. En el caso de un asunto de una envergadura tal, se tiene una responsabilidad frente a todo aquello, que conocemos como leyes espirituales, como poderes espirituales, como condiciones espirituales de desarrollo de la humanidad y puede hablar a nuestra alma. Y sobre todo, asumimos asimismo una responsabilidad frente al juicio de la humanidad venidera. Un sentimiento de responsabilidad tal, en nuestra época, en el ciclo humano actual, aun es algo muy diferente a un sentimiento de responsabilidad en las épocas pasadas.

Desde el curso del tiempo llega a nosotros, de múltiple manera, el lenguaje de grandes majestuosos monumentos del arte y de la cultura. Justamente esta mañana ustedes han tenido oportunidad –a través de una significativa reflexión – de poder apreciar como los monumentos del arte y de la cultura, provenientes del curso del tiempo nos pueden revelar las condiciones, las circunstancias de las almas humanas de aquellas épocas. Si  en el sentido nuestro tenemos que hablar de algo que en cierto modo ha aliviado el sentimiento de responsabilidad de aquellos hombres que han participado en la producción de estos monumentos culturales y artísticos, aliviado con respecto a la responsabilidad que tenemos que asumir nosotros si hablamos de ello en nuestra lengua, entonces tenemos que decir: estos hombres de épocas pasadas aun disponían de otras ayudas diferentes a aquellas de las cuales dispone el ciclo de nuestra era; les ayudaban los dioses que no eran vivenciados conscientemente por los hombres, al hacer fluir sus fuerzas hacia su sub-consciencia o su no-conciencia.

Y en cierto modo es maja (j=i) si creemos que en los aparatos del pensar o en las almas de aquellos que han construido las pirámides egipcias, los templos griegos y otras obras de arte han actuado únicamente aquellas formas del pensar, aquellos impulsos y aquellas intenciones con respecto a aquello que estamos viendo, lo que en el curso del tiempo se ha presentado a los hombres en las formas, los colores, etc., dado que han sido dioses que participaron en las tareas a través de los cerebros, las manos y los corazones de los hombres. Después de haber pasado el cuarto periodo post-atlántico, nuestra época es el primer ciclo temporal en el cual los dioses están examinando a los hombres con referencia a su libertad, en el cual los dioses a pesar de no negar su ayuda, yendo empero a su ayuda cuando los hombres a partir de su propia aspiración de ascenso, a partir de su alma individual que han obtenido mediante la suficiente cantidad de encarnaciones, recepcionan aquello que fluye desde arriba. Algo nuevo tenemos que elaborar asimismo en el sentido de que tenemos que trabajar en un estilo muy diferente a aquel que fuera el caso en tiempos pasados, en libre actividad propia a partir del alma humana. La asignatura de nuestra época es la conciencia, nacida del alma consciente que es la característica de nuestro ciclo temporario.

Y tenemos que trabajar con conciencia, con conciencia plenamente transiluminada, dentro de la cual no puede tener cabida nada de lo meramente subconsciente, si el futuro quiere obtener de nosotros documentos culturales similares a aquellos que nosotros hemos recibido del pasado. Es menester entonces, que intentemos hoy, incentivar nuestra conciencia con aquellos pensamientos que nos iluminen con respecto a aquello que debemos hacer. Y solo podemos hacer algo, cuando sabemos a partir de qué leyes, a partir de qué impulsos básicos debemos actuar. Esto empero solamente podrá acontecer, si trabajamos en consonancia con la evolución global de la humanidad.

Tratemos ahora-aunque fuese a modo de esbozo – de aproximar a nuestra alma algunas ideas principales que puedan fecundizarnos con respecto a aquello que debemos realizar con esta obra no solamente nueva sino de una nueva índole.

En cierto sentido tenemos que construir un templo que a su vez- tal como lo han sido los antiguos templos  de misterio – sea un lugar de enseñanza. En el curso evolutivo de la historia de la humanidad, siempre denominamos “Templo” a todas las obras de arte que han encerrado aquello que era lo más sagrado para los hombres. Y esta mañana ya hemos hablado de aquello que ha sido lo más sagrado para los hombres- y de qué manera en las diferentes épocas han expresado en el templo lo anímico. Cuando con el ojo, que ha experimentado la calidez del  alma profundizamos aquello que se puede conocer del edificio del templo, de la obra de arte templo, podemos observar una gran diversidad en las diferentes obras templarias. Y podría afirmar: existe una diferencia especialmente notoria con respecto a las obras templarias de arte, de los cuales, de hecho poco nos queda exteriormente y que tan solo podemos intuir en su forma básica, o podemos  reconstruir a partir de la Crónica-Akasha; aquellas formas de templo que podemos señalar como pertenecientes al segundo periodo cultural post-atlántico en transición al tercer periodo, los templos persas primarios, de los cuales ha llegado algo a los templos posteriores…(lugar vacio en la reproducción) solamente en la medida en la cual están influenciados en su configuración por aquella región de la tierra. Algo de ellos ha pasado al arte templario de Babilinia-Asiria, como de por sí al arte templario asiático-oriental.

¿Qué ha sido lo más significativo de este arte edilicio? Como ya lo hemos dicho, documentos exteriores poco hablan de este arte de la construcción. Pero aun cuando no se puede profundizar los documentos de la Crónica-Akasha, y en cambio se entrega a la acción de aquello que se ha conservado de una época posterior y señalan como podrían haber sido las construcciones de una época tan temprana en la región indicada, podemos decir: en estos templos se le otorgaba especial importancia a la fachada, el modo de presentación del templo, en oportunidad de aproximarse a la entrada. Y al haber entrado por una fachada tal al interior del templo – ya sea al haber pertenecido a una de las personalidades más bien profanas o más bien las personalidades con cierto grado de iniciación, de todos modos se hubiese tenido la percepción: allí es la fachada que me dice algo, algo dicho en un lenguaje misterioso; y en el interior encuentro aquello que quiso expresarse en la fachada. Y al orientar nuestra mirada hacia los templos que tan solo podemos imaginar en la investigación que no se basa en la crónica Akasha, llegando a ciertos templos egipcios, u otras construcciones sacrales egipcias, de hecho hallamos otro carácter.

Nos aproximamos a una construcción templaria egipcia, y nos encontramos con grandiosos misterios, símbolos, que tenemos que descifrar. Las esfinges, y  hasta los obeliscos, tenemos que desvelar el enigma. Lo enigmático dado en la esfinge y en obelisco se nos presenta de manera tal que un pensador alemán, Hegel, ha denominado a este arte, lisa y llanamente, el arte del “enigma”.

Dentro de la forma particular, que asciende piramidalmente, con escasas aberturas exteriores para ventanas, se encierra algo que ya mediante todo lo que circunda, se presenta como algo misterioso, que desde afuera – al menos en lo que a la fachada respecto – nos revela solamente que nos hallamos frente a un enigma. Entramos y encontramos junto a los misteriosos comunicados acerca de misterios varios, anotados en la antigua escritura de los misterios o su sucesora, en lo más sacrosanto aquello que debe conducir al corazón y  al alma del hombre, hacia el Dios, residente en lo más profundamente oculto del templo. Hallamos la construcción del templo, como encierro del misterio más sagrado de la deidad  y por otra parte, encontramos la construcción misma de la pirámide, como encierro del más sagrado misterio de la humanidad; la iniciación, la consagración, como algo que se recluye del mundo exterior, dado que debe encerrarse en su misterioso contenido interior. Cuando desde este templo egipcio orientamos nuestra mirada hacia el arte templario griego, de hecho allí encontramos adherido la idea básica de muchos templos griegos, siendo que tenemos que concebir a estos templos griegos como la morada de lo espiritual-divino, pero a su vez observamos un avance en la construcción externa del templo, en el sentido de que dentro de una maravillosa dinámica – no tan solo con respecto a la forma, sino con respecto a las fuerzas interiores, vivas en las formas se halla un contenido independiente, comparable a una infinidad interior, una terminación, perfección interior. Allí habita el dios griego, en una obra arquitectónica artística.

En esta obra de arte – empezando por las columnas portantes, que en su dinámica en todo sentido muestran ser reales portantes, adecuadas para portar el peso que cargan, deben y pueden cargar – encontramos encerrado al dios, dentro de lo en sí concluido, perfecto; dentro de algo que dentro del ser-terrenal, representa lo en sí infinito, comenzando de lo más burdo llegando hasta lo más singular-fino.

Y encontramos el pensamiento, la idea “de lo más precioso del hombre, expresado en la construcción del templo: fijado, al aproximarnos a la construcción templaria cristiana, que en  un principio se halla edificado sobre un sepulcro, o también  sobre el sepulcro del redentor, que luego se membra a la torre que va en busca de la altura, etc. Aquí empero, nos encontramos con un momento peculiar, nuevo, un momento que en definitiva diferencia la posterior edificación del templo, el arte templario cristiano, contundentemente del griego. El templo griego posee como característica que es algo cerrado en sí mismo, concluido dinámicamente en sí mismo. Ninguna iglesia cristiana lo es. Cierta vez he utilizado la expresión: un templo  de la Pallas Athene, o de Apollon, o un templo de Zeus, no requiere alma humana en su proximidad o en su interior, ya que no está dispuesto para que un ser humano se encuentre en su cercanía o en su interior; sino que debe permanecer allí en su grandiosa, solitaria inconmensurabilidad, mostrando únicamente la morada divina. El Dios habita allí, y esa permanencia del Dios en él, conforma su inconmensurabilidad cerrada en sí mismo. Y podría decirse: cuanto más alejados se encuentren los hombres en su entorno, del entorno del templo griego, tanto más autenticidad posee. Permítanme expresar la paradoja, ya que así ha sido diseñado el templo griego y no acontece lo mismo en el caso de la iglesia cristiana: la iglesia cristiana requiere del creyente con sus formas perceptivas y del pensar; y lo que pisamos como espacio, nos revela frente al estudio de mayor profundidad, en cada una de sus diferentes formas, que quiere albergar a la comunidad y los pensamientos, las percepciones y los sentimientos de la comunidad. Y difícilmente se podría haber desarrollado un instinto más feliz como aquel que diera la denominación del “domo” para el templo cristiano, en la cual se expresa la conjunción de personas.

Y a avanzar con la mirada hacia la era gótica, no podemos dejar de ver, que la misma en medida aun mayor busca expresar en sus formas aquello que de ninguna manera se encuentra cerrado en sí mismo, como la construcción del templo griego. Podríamos decir: por doquier, la forma gótica trata de salir por encima de sí misma, trata de expresar algo que se asemeja a una búsqueda en el espacio en el cual uno se encuentra, como algo que desea romper las fronteras para entretejerse en el espacio sideral. Las formas arqueadas, gótica, de cualquier modo han surgido de la percepción de relaciones dinámicas; pero como naturalmente se inserta en las mismas aquello, que conduce más allá de esas formas, queriendo hacerlas penetrables y que en cierto sentido cobra un efecto tan maravilloso y que podemos sentir como algo natural en una construcción gótica, los ventanales de calor, que misteriosamente, conectar al interior con la luz que todo lo ilumina. Puede acaso haber en el tejer del espacio exterior algo lumínico más grandioso a aquello que cuando estamos parados en un templo gótico, viendo en la luz que entra por las ventanas multicolores, el tejer de las nubecitas del polvo! Podemos acaso sentir de una manera más grandiosa el accionar de una limitación espacial que superándose a sí misma, va en busca del universo y sus misterios, tal como se expanden en la gran evolución.

Con nuestra mirada hemos recorrido una época mayor del desarrollo del arte en los templos y hemos podido ver el modo regular, conforme a leyes del arte de los templos en la evolución humana. Pero en cierto modo, nos encontramos frente a una especie de esfinge. ¿Qué subyace allí? ¿Por qué ha acontecido justamente ASÍ? ¿Existe acaso una explicación con respecto a la particular fachada frente a los cuales nos encontramos en los últimos restos del primer estado del arte en la construcción del templo, que he tratado de interpretar, hallados en Asia oriental, con los peculiares animales alados, las ruedas aladas, con particulares columnas y capiteles, que nos dicen algo, nos dicen algo extraño, y en cierto modo nos dicen lo mismo que vivenciamos en el alma al entrar en el templo? ¿Existe acaso algo más enigmático con respecto al arte exterior de las formas como algo así, cuando lo contemplamos aun en los fragmentos de un museo de la actualidad? ¿Qué ha hecho esto?

Existe algo que de inmediato nos brinda una explicación acerca de aquello que ha hecho esto. Esta explicación empero la encontramos únicamente, al introducir nuestras miradas a los pensamientos e intenciones artísticas de aquellos que han sido participes de las construcciones de los templos. De hecho es un asunto que solamente puede ser resuelto con la ayuda del ocultismo. ¿Qué es en definitiva un templo asiático oriental? ¿Dónde podemos hallar en el mundo un ejemplo al respecto?

El ejemplo que de inmediato nos arroja luz sobre aquello que ha acontecido, está dado en lo siguiente: imaginemos una persona acostada en el suelo, que se yergue con su rostro y con la parte superior del cuerpo. Y en este hombre que se yergue desde el suelo para permitir que su cuerpo sea apresado por las fuerzas superiores, espirituales, descendentes, para conectarse con las mismas, tenemos dado aquello, lo que puede brindar la inspiración estimulante para un templo asiático-oriental. Todas las columnas, los capiteles, todas las figuras peculiares del templo, sin símbolos para aquello que podemos sentir al ubicarnos frente a un hombre que se yergue de esta manera, conjuntamente con todo lo que se manifiesta en los movimientos de sus manos, sus gestos y su rostro. Si mediante la mirada espiritual atravesaríamos ese rostro, si penetrásemos al hombre, llegando a su interior, el microcosmos, que es una réplica del macrocosmos, hallaríamos, siendo que el rostro humano es una expresión plena de aquello que se encuentra en el interior del hombre, del microcosmos – la misma relación entre el rostro humano y el interior como entre la fachada del templo asiático oriental y aquello que se encontraba en su interior. Un hombre que se yergue es un templo asiático oriental; por cierto, no una copia, sino considerado como motivo, con todo aquello que estimula en el alma. En cuanto a que somos hombres físicos y que la corporeidad mediante la antroposofía puede ser referida espiritualmente, en tanto el templo asiático oriental es la expresión del microcosmos humano. De esta manera a partir de la comprensión del microcosmos humano, con su impulso ascendente, queda revelado aquella parte del arte edilicio humano. Este hombre físico tiene su fiel replica espiritual en aquellos peculiares templos, de los cuales se conservan poco más que escombros. En todos los pormenores, hasta la rueda alada y las formas arquetípicas de las cosas podríamos comprobar que esto es así, con resonantes sonidos llega a nosotros la voz del tiempo: ¡El templo Es El Hombre!

¿Y el templo egipcio, y el templo griego?

Podemos referir al hombre, no tan solo del aspecto antroposófico, sino también del aspecto psicosófico, del aspecto de la consideración del alma. Al aproximarnos al hombre, en su ojo, en su rostro, en su gesto, en un principio estamos contemplando un enigma. ¡Y cuantos hombres en este sentido son un enigma! De hecho cuando en este sentido nos acercamos al hombre, no es otra cosa como aproximarnos al templo egipcio, que nos presenta el enigma.

Y al pisar su interior allí nos encontramos con lo sacrosanto del alma humana. Pero hallamos que es accesible únicamente a aquellos que pasan por alto lo externo y pueden llegar a lo interior. Un alma humana se encuentra encerrada en la alcoba más intima, comparable al santuario divino, a los secretos de los misterios mismos en el templo egipcio, en la pirámide egipcia.

El alma humana empero no se encuentra tan encerrada dentro del hombre, que no pudiese expresarse en el gesto, en todo aquello que en el hombre se nos puede presentar. Cuando el alma lo compenetra con su particularidad, el cuerpo puede convertirse en expresión exterior del alma. Entonces este cuerpo humano se nos figura como algo en máxima medida artísticamente en sí mismo perfecto, como algo compenetrado por alma, como lo inconmensurable llevado a la culminación. Y  al buscar algo en toda la creación visible, comparable en su culminación al cuerpo humano, siendo que el mismo está compenetrado por el alma: nada podremos encontrar dentro de la creación visible – no con respecto a dinámica – con excepción al templo griego, él, que alberga al dios, que empero también como morada le sirve como expresión, dentro de un infinito llevado a la culminación  del mismo modo, como el cuerpo, para el alma humana. Y en cuanto el hombre como microcosmos es alma en un cuerpo, el templo egipcio, el templo griego es el hombre. El hombre que se yergue: ese es el templo oriental. El hombre parado sobre el suelo, que enigmáticamente encierra un mundo dentro de sí, que empero en calma puede hacer fluir ese mundo hacia el interior de su ser, orientado serenamente la mirada horizontal hacia delante, cerrado hacia arriba y hacia abajo: ese, es el templo griego. Y una vez más, levantan su voz los anales de la historia del mundo: ¡El templo – ese es el hombre!

Y nos aproximamos a nuestra época, aquella época que tal como ya lo hemos demostrado de manera contundente y lo podremos comprobar en medida cada vez mayor, tiene su origen en todo aquello que ha surgido de lo hebreo antiguo y de la cristiandad, el misterio de Golgotha, lo cual empero en un principio tuvo que amoldarse a las formas procedentes de Egipto, de Grecia, lo cual empero en medida cada vez mayor buscaba romper esas formas, romper de manera tal que como límites de espacio – como fraccionados en sí mismo se eleven sobre el espacio delimitado, para llegar al tejer del universo infinito.

Todas las cosas que acontecen en el futuro ya se encuentran dispuestas en el pasado. De un modo enigmáticamente dispuesto se encuentra la construcción del templo del futuro en el pasado.

Y al tener que hablar de un enigma del hecho grande, el de la evolución humana, por cierto que necesariamente tengo que expresar a ese enigma de una forma algo enigmática.

En múltiples ocasiones estamos escuchando con respecto al templo salomónico, como del templo aquel del que sabemos que debía llegar a la expresión, el espíritu integro de la evolución humana. Eso lo escuchamos; a los hombres de la tierra física se le impone empero la pregunta – y eso es lo enigmático del asunto – y es una pregunta en vano:

Aquel templo salomónico, al cual nos referimos a modo de una verdad grandiosa – si es que de él siquiera hablamos - ¿quién lo ha visto con ojos físicos? Sí, es un enigma del que estoy hablando! Al cabo de pocos siglos de la supuesta construcción del templo salomónico, HERODOT  ha viajado por Egipto, ha viajado por Asia oriental. De sus narraciones referidas al viaje, que de hecho hacen mención de cosas mucho más insignificantes, como aquello que tuvo que haber sido el templo salomónico, sabemos que tuvo que haber pasado por el lugar, a muy pocas millas del templo salomónico – pero no lo ha visto. La gente aun no había visto al templo salomónico.

Lo enigmático es que tengo que hablar de algo que había estado pero que la gente no veía. Pero es así. Y bien también en la naturaleza existe algo que puede estar allí sin que lo vea. La comparación empero no es completa y quien quiera valerse de la misma, se equivocaría.

Son las plantas que  se encentran contenidas en sus semillas, pero los hombres no ven las plantas en sus semillas. Nadie empero debería avanzar en esta comparación, dado quien ahora de esta forma compararía al templo, salomónico, diría algo equivocado. En la mediad en la cual yo mismo lo he dicho, la comparación es absolutamente correcta, la comparación de las semillas de las plantas, con el templo salomónico.

¿Qué busca el templo salomónico? Quiere lo mismo que quiere el templo del futuro, y es lo único que puede querer.

Podemos representar al hombre físico en la antroposofía. El hombre, en cuanto es el templo del alma, del alma misma y se encuentra transpuesto de alma, puede ser representado en la psicosofía. Y podemos representar al hombre mediante la neumotosofía, siendo que el hombre es espíritu. Acaso no podemos situar al hombre – que es espiritual – frente a nosotros diciendo: primero vemos al hombre que yaciendo en el suelo se yergue; luego vemos al hombre que, cerrado en sí mismo se para frente a nosotros, a modo de lo infinito fundamentado en sí mismo, con la mirada orientada hacia adelante; y luego vemos al hombre que mira hacia arriba, fundamentado anímicamente en sí mismo, pero elevándose hacia el espíritu y creciendo al espíritu. “El espíritu es espiritual”, es una tautología, pero así y todo nos puede clarificar aquello que tenemos que decir: el espíritu es lo suprasensorio, el arte puede dar forma únicamente en lo sensorial y llegar a la expresión en lo sensorial. Con otras palabras: lo que el alma recibe a modo de espíritu, tiene que poder verterse en la forma. Del mismo modo como el hombre que se yergue, el hombre afirmado en sí mismo se ha convertido en templo, así el alma tiene que poder convertirse en  templo que recibo al espíritu. Para ello ha llegado nuestra época, para que le dé comienzo a un arte templario, que puede elevar su voz dirigida a los hombres del futuro:

¡El Templo es el hombre, que en su alma recibe al Espíritu! Este arte del templo empero, se diferencia de todos los anteriores. Y es aquel donde aquello que se refiere al contenido, se conecta con aquello que hemos dicho al comienzo de nuestra reflexión.

El hombre exterior que se yergue, lo vemos, solo hace falta interpretarlo. El hombre a ser interpretado dentro de sí mismo, compenetrado por su alma, lo tenemos que sentir y percibir, no basta con interpretarlo. Era percibido, de manera tal como una obra de arte griego tiene que ser percibido dentro de nosotros, al decir, sentimos el crujir de los huesos. Dentro de nosotros vive el templo griego, porque lo somos NOSOTROS, siendo microcosmos transpuesto de alma. Pero invisible, suprasensorial es el hecho de la concepción espiritual a través del alma así y todo: para convertirse en arte, tiene que tornarse sensoria!

Ninguna otra época está en condiciones de desarrollar un arte así, solamente la nuestra y la época venidera. La nuestra empero tiene que realizar el comienzo. Todos son intentos, comienzos, del modo por ejemplo, como el templo concluido dentro de sí mismo, en la iglesia cristiana hasta ahora existente, ha tratado de romper los muros para hallar la conexión con el infinito tejer del  universo.

¿Qué tenemos que construir NOSOTROS?

¡Tenemos que construir la terminación de lo recién indicado! De aquello que puede brindarnos la ciencia espiritual tenemos que encontrar la posibilidad de crear el espacio interior aquel que en los efectos de colores y formas y en otros elementos que contiene con respecto a ofrecimientos artísticos, cerrados y a su vez en cada detalle de manera tal que ese estar cerrado NO es un encierro, que por doquier donde miramos, nos pide atravesar las paredes con el ojo, con todo el sentir y percibir, de modo tal que estamos aislados y a su vez en la reclusión de la celda nos encontramos en conexión con el universo del tejer de lo divino del mundo.

“Tener paredes y no tener paredes”, es eso, lo que dará como respuesta el arte templario del futuro: espacio interior que se desconoce a sí mismo, que ya no desarrolla un egoísmo del espacio que con desprendimiento de todo lo que ofrece con respecto a colores y formas, solo existe para dar entrada al universo.

En oportunidad de la construcción del edificio en Stuttgart, he intentado exponer en qué medida lo colores logran esto, cómo pueden ser lo colores que mantienen conexión con los espíritus del medio ambiente, al estar contenidos en la atmósfera espiritual.

¿Qué es el hombre suprasensorial, en la terminación física exterior del hombre? ¿Dónde podemos hallar una señal del hombre supra-físico, en el hombre físico-externo? Únicamente en el lugar, donde el hombre incorpora a la PALABRA aquello que vive en su interior, donde habla, donde la palabra se convierte en sabiduría, en oración y encierra enigmas del universo, confiándose al cuerpo humano, en la sabiduría y en la oración. La palabra que se hizo carne en el hombre es el espíritu, es la espiritualidad, que se expresa también en el hombre físico. O crearemos la construcción que DEBEMOS realizar, o no lo haremos y lo dejaremos para ser realizado en épocas venideras. Lo PODREMOS llevar a cabo si estamos en condiciones de configurar nuestro espacio interior por vez primera en el modo debido con la perfección posible en el presente, independientemente del hecho de cómo la edificación se presentará hacia el exterior. Podría estar rodeada de paja – esto no cobra importancia. La vista exterior está destinada para el profano mundo externo, que nada tiene que ver con el interior. El espacio interior será aquello de que se trata. ¿Qué será?

Se ofrecerá de manera tal que cada una de nuestras miradas caerá sobre algo que nos indica: en los colores y las formas, en todo su lenguaje de colores y formas, en todo aquello que es, en su viviente real, expresa lo mismo como aquello que puede ser hecho y hablado en este lugar, aquello que el hombre puede confiar a su propia corporeidad, como lo más espiritual de él mismo. Y en esta construcción se UNIFICARÁ aquello que en él, como sabiduría, como oración, refiere enigmas humanos y aquello que brinda envoltura al espacio. Y sucederá que la palabra que sale al espacio se autolimitará de manera tal que ciertamente cae sobre las paredes, encontrándose allí con aquello que le es tan familiar que nuevamente devuelve al espacio interior aquello que es dado por el hombre mismo. Del centro de la palabra hacia la periferia de la palabra saldrá la dinámica y tendrá que ser un eco periférico del conocimiento espiritual, del mensaje espiritual, aquello que se ofrece como espacio interior, sin interrrumpirse a modo de ventana, sino en sus límites, en aquello que él mismo es, al mismo tiempo limitado, y a su vez, abriéndose libremente hacia las lejanías de la infinidad espiritual.

Hasta ahora, esto no puedo producirse ya que recién la ciencia espiritual está en condiciones de lograr esta obre.

La ciencia espiritual TIENE que realizar esto. Si no lo logra en nuestra era, eras futuras se lo van a requerir. Y del mismo modo como en la evolución de la humanidad tuvo que llegar al templo asiático oriental, el templo griego y el templo egipcios, la iglesia cristiana, así también es cierto que del espíritu humano tiene que surgir el espacio del misterio científico-espiritual con su cierre frente al mundo material, con su abertura frente al mundo espiritual, como obra de arte del futuro.

Nada de aquello que ya está en existencia puede advertir la figura ideal que debe presentarse ante nosotros. En un sentido, todo debe ser nuevo. Naturalmente, se generará de un modo incompleto, pero inicialmente es suficiente, con ello, se dará el comienzo. Justamente con ello se habrá dado el comienzo, para llegar a una perfección cada vez mayor en el mismo ámbito.

¿Qué necesitan los hombres para poder adquirir una madurez aproximada para  una obra de arte templaria tal? No puede generarse arte alguno, cuando no procede del espíritu global de un ciclo humano. A menudo resuenan en mis oídos las palabras pronunciadas por el arquitecto FERSTEL, el constructor de la iglesia exvota de Viena, en ocasión de su discurso de rectorado, palabras que por entonces en mi segundo año de estudio, por un lado se me figuraban como disonancia, por el otro lado empero a su vez como un  tono que caracteriza auténticamente nuestra época. Por entonces, Ferstel pronunció las peculiares palabras: los estilos arquitectónicos no se inventa. A estas palabras debe agregarse: los estilos arquitectónicos nacen a partir de la particularidad de los pueblos. Y bien por ahora nuestra época no muestra disposición alguna para el hallazgo de estilos arquitectónicos, en el sentido como los habían encontrado los pueblos en las épocas antiguas, y situarlos frente a la vista del mundo. Los estilos arquitectónicos pueden ser hallados, pero pueden ser encontrados únicamente por el espíritu conjunto de un ciclo de la humanidad.

¿De qué manera, hoy podemos colocar frente a nuestra alma algo de este estilo de conjunción, que debe hallar el estilo arquitectónico al que estamos haciendo referencia?

A continuación intentaré decir algo acerca de la característica de este asunto, desde un lado muy diferente y desde otro aspecto.

En el curso de la actividad científico-espiritual, una y otra vez me he encontrado con artistas de los ámbitos más diversos, que han evidenciado un determinado temor con respecto al conocimiento de lo espiritual, por el motivo de que la investigación espiritual trata de abrir una cierta comprensión acerca de las obras de arte y también acerca de los impulsos que subyacen a las obras de arte. Cuantas veces acontece, de que mediante la ciencia espiritual se intenta interpretar, vale decir, se trata de remitir a las fuerzas subyacentes aquello que llega a nosotros,  a través de la leyenda, el mito o también como obra de arte. Cuantas veces empero acontece también que el artista se retrotrae frente a mi alma como obra de arte sentido con plenitud de vida, o al menos como intuición cobra vida, lo tengo que llevar a un complejo de conceptos o de idea.

Pocas cosas existen que pude entender mejor que estas y que me han dicho personas en el curso del tiempo, y que tratan de ese temor y ese recelo. Dado que se puede comprender plenamente – si se disposición para ello – lo horroroso que debe ser para el artista, vivenciar el análisis de su obra, o de una obra que él aprecia: la obra de arte tomada a cargo por el intelecto. Que idea tan terrible para todo aquello que es artista en nuestra alma!

Es como si viniese a nuestro encuentro olor cadavérico, al tener frente a nosotros un Fausto de Goethe, teniendo que leer abajo las anotaciones de un analizador erudito, aun cuando pertenece a los filósofos interpretes y no solamente a los filóloges-interpretes! ¿Qué podemos decir al respecto? Les daré una explicación breve, a partir de un ejemplo: aquí, delante de mí, tengo la última edición de “La leyenda de los siete sabios maestros” (1911). Esta antigua leyenda es un relato sumamente peculiar, que de hecho puede ser considerada como  obra de arte. Me estoy refiriendo aquí al arte de la poesía; pero lo que se emprende frente a ella, podría emprenderse así mismo frente al arte arquitectónico. A continuación resumiré el contenido de la leyenda de los siete maestros sabios. De un modo absolutamente vivaz, en sucesivos relatos colgados de un esqueleto está dado aquello que ahora llega a la expresión. El texto lleva como título: “Aquí comienza el libro que nos habla del emperador Pontianus, de su esposa la emperatriz  y de su hijo, el joven señor Dyocletianus, como la quería llevar a la horca, siendo que los siete maestros lo redimieron todos los días, cada uno con su dicho.

Un emperador está casado con una mujer que le ha dado un hijo, que allí es referido como Dyocletian. La  mujer muere y el emperador se casa con otra mujer. Su hijo Dyocletian es su legítimo sucesor; de la segunda esposa no tiene un sucesor legítimo. Se aproxima el tiempo, en el cual Dyocletian debe recibir una educación. Se decide, que Dyocletian sea educado del modo más satisfactorio, por las personas más sabias del imperio. Se presentan siente sabios maestros, que deberán hacerse cargo de la educación del hijo del emperador. La segunda mujer del emperador a todo trance quiere tener un hijo, para impedir de alguna manera la sucesión en el trono del hijastro. Pero no lo logra. Entones intenta desprestigiar en todo sentido a este hijo del emperador frente a su marido, diciendo finalmente ultimarlo de la manera que fuese. Para ello se vale de diversos medios. Sucedió que Dyocletian ha sido instruido durante siete años por los siete sabios maestros de modo tal que ha aprendido una  multiplicidad en siete diferentes maneras. Pero en cierto sentido había superado todo aquello que los siete sabios maestros le habían participado, en sabiduría práctica. Y de esta manera había obtenido el conocimiento de que en lo siete días consecutivos al regreso junto a su padre debería guardar silencio sin pronunciar palabra alguna, comportándose como un tonto. Supo asimismo que la emperatriz estaba planificando su muerte. Es por ello que ruega a los siete sabios, salvarlo de la muerte. Y entonces, en los siete días consecutivos acontece lo siguiente: el hijo regresa a casa. Pero la emperatriz le ha contado una historia al emperador, que ha causado un gran efecto en su alma, la cual tenía la finalidad de impulsar al emperador a llevar a su hijo a la horca. El emperador está de acuerdo con ese propósito, dado que la historia lo ha convencido.

El hijo es llevado al lugar de la ejecución, pero en el camino se encuentran con el primero de los siete sabios. Al cabo de reproche de por qué el hijo era  tonto y no le había enseñado nada, el sabio propuso contarle una historia al emperador.

El emperador quiere escucharla. Sí, dijo el sabio, pero es menester entonces que permitas que tu hijo regrese primero a casa, dado que quiero que el hijo nos escuche, antes de morir en la horca. El emperador accedió. Llegan a casa y allí, el primero de los siete sabios maestros cuenta su teoría. La misma causa un efecto tan profundo sobre el emperador que decide liberar al hijo. Al día siguiente, la emperatriz a su vez le cuenta una historia ala emperador, que nuevamente conduce a que el emperador condene a muerte a su hijo. Nuevamente es llevado al lugar de la ejecución, cuando en el camino se encuentran con el segundo de los maestros sabios, que a su vez quiere contarle una historia al emperador, antes del ajuiciamiento del hijo en la horca. Esto acontece y la consecuencia es que el hijo nuevamente salva su vida. Esto se repite siete veces de esta manera sucesivamente hasta que llega el octavo día y el hijo puede tomar la palabra. De esta manera acontece la salvación del hijo que se relata en la leyenda.

Todo el relato, como también el final del mismo se halla referido de un modo excelente, pleno de vida. Quisiera decir: por un lado se toma en la manos al libro, se toma contacto con el contenido y se vivencia con alegría las imágenes, en parte fuertes-violentos; maravillosamente no abstraemos en la descripción de almas. Una historia así empero, requiere tener una explicación, sin lugar a dudas. ¿Sin lugar a dudas?- no, solamente en nuestra época, porque estamos viviendo en el quinto período cultural post-atlántico, en el cual el intelecto es la fuerza del dominio cada vez mayor. En el período en el cual fuera escrito esta historia, nadie hubiese necesitado explicación alguna. Nosotros empero, en nuestra época estamos condenados a brindar una explicación y por lo tanto la damos ¿cuán próxima está? El emperador tuvo una esposa; de ella ha quedado un hijo, que está destinado a ser educado por siete sabios maestros. Y quien, según su conciencia, procede de una época en la cual la humanidad aun poseía el alma clarividente. Ha muerto el alma clarividente pero, ha quedado aun, el yo humano y puede recibir instrucción por parte de “siete sabios maestros”, que vienen a nuestro encuentro de múltiple manera.

En cierta oportunidad ya ha llamado la atención sobre el hecho de que en el caso de las siete hijas del sacerdote mediamita Jethro, con las cuales Moisés se encuentra en el aljibe de su suegro, pero también en el caso de las siete artes en la Edad Media, en definitiva se trata de lo mismo.

La segunda mujer, que ya no puede desarrollar una conciencia divina, es el alma humana de la actualidad, que por dicha razón tampoco puede parir un hijo. Dyokletian, el hijo, es instruido en lo oculto, por los siete sabios maestros, y finalmente tiene que ser liberado por las fuerzas, que ha adquirido junto a los sabios maestros.

Podríamos avanzar en esto brindando una correcta imagen y naturalmente con ello podríamos prestar un servicio a nuestra época.

Ocupémonos empero ahora, con nuestro sentido artístico. ¡No sé, en qué medida aquello que ahora tengo que decir, tendrá un eco! Pero cuando leemos el libro, permitiendo que cobre efecto sobre nosotros, habiendo adquirido inteligencia, y explicándolo correctamente también en el sentido de nuestra época, tal como nuestra época lo requiere, así y todo nos sentimos como si hubiésemos cometido un delito,  un delito grave, por el hecho de que en realidad hemos planteado un esqueleto, un esqueleto de paja, de una cantidad de conceptos abstractos, en lugar de la obra de arte, con plenitud de vida. Y en nada se modifica, considerando si esto es correcto o equivocado, ingenioso o no-ingenioso. Aun podemos avanzar más.

El mundo es la obre de arte mayor, ya sea el macrocosmos, o el microcosmos. En imágenes o en símbolos y en otros elementos, las épocas antiguas expresaban, lo que debían expresar, con respecto al misterio de las cosas, y nosotros llegamos con la sabiduría de tiempos “remotos” – que empero solamente posee la edad tal que ha sido necesaria por prepararse a modo de semilla para el quinto período atlántico-cultural, nosotros llegamos con el intelecto, nosotros llegamos con toda la ciencia espiritual, a modo de una EXPLICACIÓN del mundo. Esto es algo tan abstracto y seco frente a una realidad viviente, como el comentario frente a la obra de arte. A pesar de que la ciencia espiritual tiene que existir, a pesar de que nuestra época requiere  de la ciencia espiritual, en cierto sentido, así y todo, tenemos que sentirla a modo de un esqueleto de paja, frente a la viviente realidad. Esto en cierto modo no es exagerado.

Dado que en tanto la teosofía o la ciencia espiritual ocupan únicamente nuestro intelecto, en tanto que participamos únicamente con el intelecto, en tanto que diseñamos esquemas y toda clase de términos técnicos, sobre todo en las partes que se refieren al hombre mismo, en tanto la teosofía es tan solo un esqueleto de paja. Y comienza a ser un poco más soportable allí donde por ejemplo podemos inaugurarnos, figurarnos, por ejemplo, los diferentes estados de Saturno, sol y luna y las antiguas épocas terrestres, o las actividades de las diferentes jerarquías. Horrible empero es hablar de que el hombre consiste de cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y yo – o hasta decir que consiste de Manas y Kama-Manas – y más terrible es cuando a estas cosas se las expresa en esquemas y en cuadros. Difícilmente puedo imaginarme algo más horrible, como por un lado al hombre, grandioso en sí, y al lado sobre un recuadro, el hombre con los siete miembros humanos, en una sala, rodeado por una gran cantidad de personas y tener en manos un cuadro con la escala de las siete partes básicas del hombre. ¡Sí, así es! Pero es algo que tenemos que experimentar. No es necesario que colguemos estas cosas delante de nuestros ojos, dado que ni siquiera son bellas, pero  ¡tenemos que colgarlas frente a nuestra alma! Es la misión de nuestra época. Y por más que digamos contra estas cosas desde el punto de vista del buen gusto, la productividad artística – esto pertenece a nuestra época, es la misión de nuestra época.

Pero  ¿cómo podemos superar este dilema? En cierto sentido, también tenemos que ser teósofos, antropósofos yernos, debemos deshojar, desgarrar grandiosas obras de arte, llevándolas a abstracciones y decir aún: ¡Somos teósofos! ¿Cómo  podemos salir de ese dilema?

¡Por un único recurso! Y está dado en el hecho de que para nosotros la ciencia espiritual es una cruz, que la ciencia espiritual para nosotros es un sacrificio, que podamos experimentarla realmente de manera tal que nos quite casi todo aquello que la humanidad hasta ahora ha tenido como contenido universal pleno de vida! Y no existe ningún grado de intensidad que quisiera referir, para hacer comprensible que para todo aquello que brota con vida – también en el curso de la evolución humana y del mundo divino – la ciencia espiritual en un principio tiene que ser algo con un campo cubierto de cadáveres!

Cuando luego empero experimentamos a la ciencia espiritual como mensajera de lo máximo que existe en el mundo, la experimentamos de manera tal que se convierte en el mayor dolor, la mayor privación, de modo tal que dentro de nosotros experimentamos uno de los rasgos divinos de su misión en el mundo, entonces se convierte en el cadáver que se levanta de la tumba, entonces, lleva a cabo la resurrección, se levanta del sepulcro!

Nadie puede sentir dicha por el despojo, el desgarro de la sustancia del mundo pero, a su vez nadie puede sentir la profundidad de los misterios del mundo, como aquel, quien con su productividad se siente como una sucesión, una imitación del Cristo, quien ha llevado la cruz de calvario, quien ha pasado por la muerte. Esto es empero también en el ámbito del conocimiento, la cruz de la toma de conocimiento, que la ciencia espiritual carga, para morir en ello y experimentar a partir del sepulcro, como asciende un nuevo mundo, una nueva existencia. Quien de esta manera transforma – lo cual nunca podrá ser del agrado del intelecto – su ser del alma a modo de un interior pleno de vida, quien pasa como por una muerte en la ciencia espiritual misma, también podrá sentir a la vida a modo de una fuerza viviente para impulsos artísticos, que podrán llevar al  a realidad aquello que hoy puede esbozarles.

Tan estrechamente ligado con todo sentimiento espiritual está ligado con aquello que debemos hacer y de lo cual creemos que la Sociedad de la Construcción Johannes abrirá una comprensión. Creo que no hace falta agregar palabra alguna para dar cuenta, que esta edificación Johannes es un asunto del corazón para el antropósofo, de aquella índole que en el curso del tiempo se considera una necesidad. Dado que para la respuesta de la pregunta si en un sentido más amplio, la Antroposofía puede ser comprendida hoy, en un principio mucho depende de una respuesta que no podemos dar con palabras que no podemos expresar mediante pensamientos, sino que depende de que pasemos a la acción y que cada uno, según sus posibilidades, coopere con aquello que de manera tan bella desea realizar nuestra construcción Johannes, insertándose en la evolución de la humanidad.

 

03.04.2010

 

 

Mediante la forma de las paredes, las pinturas de  las cúpulas y los ventanales grabados en color, en el primer Goetheanum, el hombre se sentía conectado con el cosmos.

…¿Qué representa la pared en las edificaciones hasta ahora conocidas? Aquello que constituye el cierre hacia el exterior. Aquí la pared, no es aquello que coloca un cierre hacia fuera, sino que aquí la pared es aquello que ciertamente debe ser transparente para el sentimiento, lo que no conforma un cerramiento sino una apertura para el sentir, hacia las lejanías del mundo. Existe una diferencia radical entre la forma de pared hasta ahora conocida y el desarrollo de la pared en el primer Goetheanum. Habitualmente, la pared por doquier es el cierre frente al mundo. Aquí empero tenemos que tener la sensación: no existe ese cierre. Del mismo modo como la mirada pasa por el vidrio. Aquí se abre paso a través de las formas artísticamente, formas creadas con arte, y podemos sentirnos en consonancia con todo el cosmos…

…También las pinturas en el techo tendrán que ser de modo tal que con aquello que expresan mediante sus colores, meramente irradian hacia adentro, de un modo tal que se tenga solamente un techo pintado, que brinda su mensaje hacia el interior.