Volver


Rudolf Steiner

EL JUEGO INFANTIL Y EL TRABAJO EN EL CUARTO SEPTENIO

En los primeros años de la vida y aun más delante, vemos al niño dedicado al juego. La dirección y la guía del juego, en lo esencial pertenecen a las tareas de un arte educativo y un arte de la enseñanza razonable y correcta en lo humano. El niño juega. Quien ha logrado agudizar la mirada con respecto al mundo y a la vida humana, detecta una gran diferencia entre la manera del juego de un niño a otro. Para el observador superficial, casi todos los niños juegan de la misma manera. Para aquel que ha agudizado su mirada, todos los niños juegan de manera diferente. Cada niño tiene su modo particular para el juego. Muy singular resulta ser, cuando orientamos la mirada al hecho, de como el juego para la edad infantil significa  ser un activador del hombre en lo anímico espiritual, tal como se halla en existencia, cuando lo orientado al poder del pensamiento, orgánicamente actúa en lo interior hasta el proceso del cambio dentario. Muy particular, como este ente anímico espiritual, aquí aun no ha asimilado dentro de sí lo propio de los pensamientos, palpita en el juego libre, en el juego aquel, cuya configuración se encuentra más allá del aprovechamiento y la finalidad de la vida, ese juego, en el cual el ser humano infantil, que aun no ha recepcionado dentro de sí, lo referido al pensamiento, se mueve dentro del libre juego, en aquel juego cuya configuración se ubica más allá de la utilidad y la finalidad de la vida, aquel juego en el cual el ser humano infantil solamente obedece a aquello que fluye de su propia alma. Aparenta ser un infringir del principio de la imitación.

El modo en el cual el niño se introduce al juego, es algo que emerge de la libertad del alma infantil, pero solo lo es aparente. Dado que quien contempla con mayor detención, podrá observar, que el niño en el juego vierte aquello que está vivenciando en su entorno, aquello que acontece a su alrededor. Pero al haber agudizado a la mirada, no estaremos mirando a este juego como cualquier cosa interesante, algo que sucede en la vida de cada niño en una determinada época, sino que a este juego, con su carácter, lo ubicaremos en la vida humana en su conjunto.

Aprendemos a observar recién, al aprender a comparar lo que acontece en las diferentes edades del hombre. Y de la misma manera como en el mundo inerte podemos comparar al estaño y al cobre, y en lo viviente, dos  escarabajos diferentes, así también podemos comparar las diferentes edades del hombre. Y veremos entonces, algo muy particular: una vez que hemos obtenido una real representación, con la mirada agudizada, hoy característica, acerca del juego infantil, tenemos que buscar en las diferentes edades del hombre, algo hacia donde fluye ese carácter especial del juego infantil. Y allí mediante la búsqueda experta, encontramos en la década de los veinte, aproximadamente entre los 20 y los 28/29 años, cuando el hombre llega al momento de encontrar su posición en el mundo, cuando tiene que debatirse con aquello que el mundo debe otorgarle como experiencia y como guía para su vida en independencia – cuando contemplamos como allí el hombre se involucra en la vida, como permite que la vida lo toque – encontramos en un estado de metamorfosis sobre una escala especial, una transformación del carácter particular del juego infantil. Con anterioridad al cambio dentario, el niño ha configurado, libremente, a partir de su actividad anímica, con aquello que no pertenece a la vida, con la muñeca, con otros materiales; ha actuado dentro de una determinada configuración, una cierta estructura. Al aprender a reconocerla y comprenderla  y luego observarla en el hombre, en la década de los veinte años, viendo como procede ahora, inserto en la severidad de la vida, con aquello que es útil, que es conveniente en la vida, donde tenemos que obrar mediante la experiencia, hallaremos que el hombre ahora se inserta en lo útil en lo conveniente del mundo, en aquello que es requerido por la vida, mediante un carácter tal, como lo ha mostrado libremente por entonces, en los años infantiles, en el libre juego de la infancia. Tomemos en cuanta aquello que esto significa: queremos cobrar influencia sobre la educación y sabemos: lo que estás observando como una disposición del carácter del juego infantil, lo que entonces guías y conduces, lo haces de manera tal, que nace a modo de fruto, cuando el hombre en la década de los veinte años, se debate con el mundo, que le debe ser útil y provechoso. Imaginemos los sentimientos que se hacen valer en el anímico del educador  al saber: lo que aquí estoy llevando a cabo con el niño, lo estoy llevando a cabo para el hombre adulto a los veinte años. Ello no depende de aquello que conozco a modo de fundamentos educativos en formas abstractas, lo que podemos aportar como reglas metódicas-didácticas, provenientes de fondos intelectuales, sino depende de que en nuestro corazón se desarrolle un profundo sentimiento de responsabilidad, al penetrar la vida con nuestra mirada de esta  manera. Un verdadero conocimiento del ser humano, no se orienta únicamente  a nuestro intelecto, se dirige a nuestro sentimiento a nuestras percepciones, se orienta toda nuestra concepción de la vida. Nos transpone con un sentimiento de responsabilidad en el puesto que estamos ocupando. No estamos buscando un mero arte educativo, que a partir de una inteligencia fantasiosa o interesada sostiene: de esta o aquella manera debe ser instrumentada la educación, sino que buscamos un arte educativo tal, frente a la actual posición de vida del hombre, dentro del cual el educador, a partir del conocimiento sustancial del ser humano, coloca sentimiento de responsabilidad, sentimiento de responsabilidad social frente a toda la humanidad. El arte de la educación proviene del fundamento del sentimiento, que solamente puede generarse a partir de un correcto fundamento de la concepción del mundo (g A 335: La crisis del presente y el camino hacia un pensamiento con salud, conferencia del 10.6.1920)

20.9.2016