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Autor : Walter Holtzapfel
Traducción : Ana María Rauch

NIÑOS AUTISTAS
Capítulo IV

El enigma que se nos presenta con cada niño, es especialmente grande en el niño necesitado de cuidados especiales. Si podemos ubicarnos en la situación interior del niño, encontraremos el camino de la solución. Y justamente eso, es muy difícil en el caso del niño autista. En su comportamiento hay tanto de aquello que no comprendemos, que en un principio nos cuesta tanto esfuerzo llegar al núcleo de su ser de la misma manera como a él le parece estar cerrado el acceso hacia las demás personas.

Para el trato con los niños necesitados de ayudas especiales, la concepción, de que la real esencia espiritual también del niño que se encuentra en estas condiciones, no está afectada y que su comportamiento diferente se debe al instrumento alterado de la corporeidad, constituye una ayuda fundamental. Visto así podemos decir: mediante esa corporeidad, la figura espiritual intacta sólo puede expresarse de modo incompleto, no suficiente. Lo deficiente del instrumento físico, puede revelarse en el aspecto del niño, en deformaciones corporales, en los movimientos, en anormalidades del metabolismo, etc. Habíamos usado la imagen del pianista, que tiene a su disposición únicamente un piano desafinado.

¿Qué sucede empero, cuando el instrumento parecería estar en orden y a pesar de ello, el niño muestra estar alterado gravemente en su comportamiento?. Cuando frente a nosotros tenemos un niño, cuya apariencia exterior no sólo no es llamativa, sino a veces es especialmente bien proporcionada, que tiene una expresión facial decididamente inteligente y rica en ideas, de cuya vida interior empero nada podemos saber, o, en todo caso solamente incomprensibles fragmentos. Un niño que puede hablar, pero no habla; un niño que puede escuchar y puede ver, que empero se comporta de manera tal, que en principio lo tomamos por sordo, o por ciego. Un niño, que se aparta de todo contacto humano, frente a los cuales de otro modo justamente son excepcionalmente susceptibles y predispuestos. Un niño, que no puede, o no quiere aprovechar, utilizar, sus capacidades y facultades por cierto existentes, mientras que otros niños necesitados de cuidados especiales extraen de sus pocas e imperfectas posibilidades, lo máximo factible. Aquí, la imagen del pianista que de su deficiente instrumento sólo puede producir tonos fallidos. ¿Deberíamos acaso modificar la imagen de manera tal que decimos, que el pianista se aparta del instrumento evidentemente correctamente afinado, negándose a utilizarlo por razones no entendibles?.

Los niños que nos colocan frente a este gran enigma son denominados “niños autistas”. Es un nombre, que por cierto no expresa plenamente la esencia del estado, pero, otras denominaciones, tales como “niños con trastornos de percepción” o “niños psicóticos”, propuestas al respecto, tampoco lo expresan, de modo, que permanecemos con esta primera denominación. El término “autismo” ha sido empleado originalmente por el psiquiatra suizo E. Bleuler, quien lo usó para los esquizofrénicos adultos, para caracterizar su carencia de contacto con la realidad.

Durante la segunda guerra mundial (1943/1944) dos médicos, de los cuales uno vivía en USA y el otro en Viena, publicaron, independientemente el uno del otro, sus observaciones con respecto a cuadros patológicos parecidos en niños, para los cuales ambos utilizaron la denominación “autista”. Asperger (Viena) describió la forma más leve de la alteración como “psicopatía autista”.

Kanner (Johns Hopkins University) señaló como “autismo infantil”,, de la cual nos ocuparemos a continuación.

Más tarde, se han diferenciado aún, formas adicionales: el “autismo psicógeno”, que puede desarrollarse como reacción a la ausencia de una relación humana, por ejemplo, en el caso de una hospitalización de niños pequeños; el “autismo orgánico-cerebral”, en el cual un daño cerebral ocupa un primer plano, etc. Todas estas formas están empero interrelacionadas mediante transiciones de la manera más diversa.

Al encontrarnos frente a estos niños, de todos modos se torna cuestionable la clasificación rigurosa. Cada niño es un caso por sí mismo. En común empero tienen todos ellos, aquello tan enigmático, difícil de captar y comprender.

Al querer aproximarnos a esa manifestación, es aconsejable partir de la descripción de Kanner acerca de los síntomas principales autistas. A las mismas luego pueden adherirse observaciones e ideas adicionales.

•  El primer síntoma cardinal, el “autismo” propiamente dicho, el encapsulado frente al medio humano circundante, puede ser notado a menudo ya en el primer año de vida. El niño no responde a la mirada materna con una sonrisa; no extiende sus bracitos en dirección a la madre cuando ella está por levantarlo. En otros casos, el desarrollo parece transcurrir de manera normal al principio, para luego entrar al comportamiento autista – en la mayoría de los casos a la edad de 2 a 3 años -. Los niños no parecen percibir lo específicamente humano en otras personas. Las consideran tan sólo como objetos, que se interponen en su camino cuando caminan por la habitación, y a los que esquivan, o por el que cruzan trepando. Ese objeto – hombre puede mostrar empero ser utilizable a modo de sillón. “Tú eres mi estacionamiento”, dijo un niño que ya había mejorado considerablemente y ya podía expresarse bastante bien, cuando se sentó en la falda de su educadora. Hasta en un dicho de esta índole, que no había sido emitido a modo de broma, resuena todavía algo de la concepción mecánica del prójimo. La mano del educador es utilizada como herramienta, el niño la toma y la lleva a un objeto deseado, para apoderarse del mismo mediante esa mano. Los niños evitan el contacto mediante la mirada, con su vista atraviesan a la otra persona, o pasan al costado de la persona con su mirada. No utilizan la facultad lingüística existente como medio de entendimiento, puesto, que para ellos no existen otras personas a modo de seres con los que se puede hablar o conversar. El ignorar de lo propiamente humano es tan llamativo, que se ha sospechado “un trastorno del reconocimiento fisionómico”. En aparente contradicción a la ausencia de relaciones humanas, a menudo existe una estrecha ligadura a la madre u otra persona que cuida al niño, que a causa de su carácter no personal, es señalada como “simbiosis”. Los niños tiene una dependencia absoluta de esa persona que los cuida, que conoce todas sus necesidades con respecto a alimentación, vestimenta, hábitos, etc. Y sin esa persona se sienten perdidos. Este hecho nos demuestra la situación de dependencia del lactante sano y del niño pequeño, pero, con la diferencia de que allí ya se establece una relación personal a través de la sonrisa y en el afecto.

•  El segundo síntoma cardinal, el angustioso aferrarse a una situación sin variantes (“sameness”), el miedo a los cambios, se expresa en el hecho, de que los niños reaccionan con estados de temor frente a cualquier cambio que se produce en el acostumbrado orden espacial o temporal. La posición de los muebles en la casa, el orden de los juguetes en el armario, no debe ser cambiado. En el desayuno, por ejemplo, el dulce siempre tiene que estar al costado derecho del niño y tiene que tener color amarillo. El paseo tiene que tener siempre el mismo recorrido, una salida del recorrido habitual puede ocasionar una grave excitación. Es como si el sentirse confirmado en el mundo, que los niños sanos experimentan en el trato con otras personas, se apoyaría aquí, exclusivamente sobre las condiciones y las circunstancias del mundo circundante de los objetos. Al respecto, la atención se orienta íntegramente a las relaciones cuantitativas de las cosas. Los objetos, digamos, zapatos, esponjas o galletitas, son llevados a un orden abstracto, sin tomarse en cuenta su significado real, colocados en largas hileras. Llama la atención su sentido de simetría. Un niño de ocho años, que en el bolsillo del lado derecho de su pantalón había perdido un botón, tampoco abotonó al bolsillo del lado izquierdo. Müller – Wiedemann que en su estudio revelador también se ocupa de los arreglos espaciales de los niños autistas, escribe: “Uno de nuestros niños durante muchos días en su casa todas las mañanas sacó todos los zapatos del armario, ha separado el zapato derecho del izquierdo, colocando todos los zapatos derechos de un lado y los izquierdos del otro lado de un largo pasillo. Las puntas de los zapatos se encontraban en perfecta simetría con su par correspondiente, de enfrente. Tales disposiciones simétricas vemos en los niños autistas también en la formación de hileras de bloques de madera y guardas de colores o en figuras de espejo, que se forman a modo de hilera hacia la derecha y la izquierda, partiendo de un punto central. A ello se corresponde también el comportamiento de un niño que, al solicitársele cerrar una gaveta, primero abre todas las gavetas del armario colocándolas a la misma posición que la gaveta abierta con matemática precisión. Aquí, se satisface una disposición geométrica – espacial exacta de carácter compulsivo, en desmedro del contenido significativo de una gaveta: el abrir y cerrar”.

Los niños tienen una predilección por espacios cerrados. Este hecho puede manifestarse de manera tal, que por ejemplo por horas queden sentados dentro de un armario, o, que un niño aun a los tres o cuatro años prefieren quedar en sus camas – cunas con rejas. También esa necesidad de encierre puede llegar a lo abstracto superando la participación vivencial de un modelo que se sitúa fuera del niño. Es nuevamente Müler – Wiedemann que brinda ejemplos respectivos: “Esos niños buscan constituir un espacio cerrado, que es perfecto como disposición de cosas y que por tal razón transmite seguridad, que empero excluye intenciones interhumanas y sus significaciones. Al respecto, existen muchos ejemplos, como por ejemplo el comportamiento de uno de nuestros niños, que mediante cubos constantemente coloca hileras cerradas. En ocasión de una comida compartida, este niño de pronto se levanta de su lugar y coloca su plato frente a un niño de la otra mesa, en el momento en el cual ese niño había entregado su plato a la “madre” del grupo para que le sirva la comida. Por ese hecho, se encontraba alterado el orden del círculo de platos en esa mesa (se generó una abertura) y el niño con su plato restablece al círculo cerrado”.

En relación inmediata con ese miedo al cambio de los niños, se encuentra su estrecha relación hacia los objetos del mundo circundante inerte. Llaves de luz, estilográficas, cajas, cubos, etc. Son motivo de atracción irresistible, mientras que las otras personas no solamente no los interesan, sino que, como ya hemos dicho, para ellos ni existen. Al respecto, la selección entre estas cosas es indiferenciada: un niño solamente se interesa por estilográficas, otro se interesa por enchufes, etc. Casi todos comparten la predilección por el agua, el agua que corre. También los ruidos –sobre todo los ruidos producidos por técnicas- los fascinan, por ejemplo el sonido de una aspiradora. Doris Weber nos cuenta: “El deseo más ferviente de dos de nuestros pacientes (5;8 y 8;9 años) era un ventilador. Después de que ambos niños recibieron de sus padres ese ventilador como regalo, se sentaron durante horas frente a ese aparato, contemplando el movimiento uniforme del mismo”. Los niños poseen notoria destreza para promover determinados estados de equilibrio y de movimiento. Varias veces he visto como un niño de estas características, pudo actuar una chinche colocada sobre su punta a modo de trompo, manteniéndose durante un tiempo bastante extenso en movimiento: una prueba, que nosotros los adultos, no conseguimos realizar a pesar de esforzados intentos. En tales actividades de los niños no se observa evolución alguna, se agotan en la repetición automática de lo eternamente igual.

El desarrollo del habla muestra particularidades muy especiales. Casi siempre se inicia con atraso. Como los niños no reaccionan frente a tonos ni a ruidos, suelen ser tomados por sordo-mudos. En muchos casos, así y todo, aprenden a hablar. Al respecto, de señales varias se desprende, que existe la comprensión lingüística mucho tiempo antes del comienzo de emitir palabras. Estos niños que no hablan, no son mudos. Poseen la facultad lingüística pero no hablan porque no poseen el deseo de participación, de comunicación. Ese silencio en ocasión de capacidad verbal presente, es señalado como mutismo.

Durante mucho tiempo, el hablar puede consistir meramente en una repetición a modo de eco. Cuando los niños luego comienzan a expresar lo propio, esto a menudo se conforma en un juego con palabras y no posee aún, un carácter de comunicación. Al respecto, pueden producirse formas originales de palabras. Por ejemplo: un niño denominó su diarrea como “catarro de la barriga”. Esa facultad a las nuevas combinaciones y formaciones lingüísticas, las poseen predominantemente los psicópatas autistas de Asperger. Cuando finalmente el habla se utiliza como medio de comunicación con otros, llama aún la atención el modo de hablar monótono, mecánico y exento de sentimiento.

Grandes problemas tienen los niños con la palabra “yo”. El punto, que en el desarrollo infantil normal de la conciencia del yo se marca por el hecho de que el niño se señala a sí mismo como “yo”, no es alcanzado nunca, o con gran atraso. En el camino hacia el pronombre “yo”, aparece una manera característica de expresión, la “inversión pronominal”. El niño puede preguntar, por ejemplo, al educador: “¿Qué te regalo yo?”. En realidad, empero quiere decir: “¿Qué me regalas tú?”. Yo y tú, sobre todo los pronombres referidos a la primera y la segunda persona, se confunden. Nos volveremos a referir a este y otros fenómenos de inversión.

Del mismo modo, como las dificultades frente a la palabra “yo” se remiten a una alteración de profundo alcance en el desarrollo de la conciencia del yo, el empleo de la palabra “si”, igualmente evitada durante largo tiempo, está señalando una alteración en la relación hacia el mundo. Por el hecho de que los niños no tienen problema en emplear la palabra “no”, por cierto que también les tiene que ser familiar también el concepto del “si”. Esa predilección del negar, del rechazo en el empleo lingüístico, lo podemos considerar paralelamente con el “negar”, con el no-empleo de facultades existentes, al que ya nos hemos referido.

Si los niños no han aprendido a hablar hasta el 5º año, esto es una señal desfavorable para el curso de su evolución. De hecho, las posibilidades de desarrollo de estos niños son muy dispares. En el curso de los años y bajo la influencia del tratamiento, pueden alcanzar ostensibles grados de mejoría. Lo que aquí fue bosquejado como un esbozo de comportamiento autista, puede aportar tan sólo una imagen – término medio, de la cual cada niño se desvía a su manera individual.

En sus investigaciones, Kanner descubrió que casi todos los niños autistas proceden de familias de intelectuales. Los padres se encontraban en profesiones destacadas (ingenieros, médicos, abogados, etc.), la mayoría de las madres habían concluido una formación profesional. A menudo, ambos padres eran académicos. Kanner supuso, que el carácter “emocionalmente frígido” de padres intelectuales se encuentra en una relación causante de la generación del autismo. En el capítulo I ya hemos expuesto de qué manera debe ser entendida esa relación entre el estado anímico precio, con la anormalidad propiamente dicha en el niño. En la actualidad, ya no podemos hablar de un predominio de profesiones intelectuales. Todas las profesiones están representadas. De hecho empero, debemos decir que la constitución anímica intelectual ha compenetrado todas las capas profesionales.

En las investigaciones actuales, el rol causal de un daño cerebral ocupa un lugar cada vez más preponderante, que se está encontrando en muchos niños autistas. Como empero los daños cerebrales de la temprana infancia lamentablemente se han vuelto muy frecuentes, surge la pregunta, porqué afortunadamente sólo pocos de estos niños se vuelven autistas. Naturalmente, se está considerando la cuestión de la herencia. Habla empero en contra del rol de la herencia en el hecho de que existen gemelos univitelinos, de los cuales uno es autista y el otro no.

La investigación se ha orientado asimismo hacia causas bioquímicas. Se han encontrado por ejemplo, alteraciones en las proteínas y en el metabolismo del cinc. Habla asimismo en pro de la importancia del metabolismo el hecho de que en el caso de una severa insuficiencia digestiva de los niños, denominada como Zöliakie, puede producirse un comportamiento autista.

Estamos aguardando muchos otros resultados de investigaciones, que contribuirán a la solución del enigma “Autismo”. De los fenómenos aún disponibles, podemos empero deducir desde ya, en qué dirección se debe buscar la solución. De ello hablaremos en el siguiente capítulo.

Capítulo V

¿QUÉ SUBYACE AL AUTISMO INFANIL?

Al buscar comprender un comportamiento tan inaudito como lo estamos viendo en el niño autista, puede significar una ayuda, si al menos, hallamos acordes a algo que nos es conocido para partir de ese lugar.

En el caso de los niños histéricos yo nos habíamos encontrado con la preferencia de los espacios cerrados. De una manera similar, vemos que también el niño autista coloca límites entre sí y su entorno, por ejemplo, al no querer abandonar su cama cuna con rejas, al ocultarse en un armario, etc. Pero cuando esa inclinación de sentirse envuelto va más allá de la vivencia próxima al cuerpo, tomando posesión de la co-vivencia de formación de hileras ubicadas en el exterior (ver pág. 5), esto constituye un sobre-incremento abstracto del deseo, de la necesidad de lo cerrado, que en los niños histéricos no aparece de esta forma.

La fina sensibilidad del niño histérico, que lo posibilita descubrir íntimamente su medio ambiente, se acrecienta en el niño autista, llegando a facultades de telepatía. Podemos notar como estos niños participan de una manera alarmantemente exacta, de los contenidos anímicos de sus educadores, aún cuando aparentemente parecen no tomar nota de los mismos. Pueden ostentar determinadas facultades, por ejemplo la pintura, cuando su educador, especialmente capacitado en ese campo, está presente. Un educador informó lo sucedido con un niño de once años, que jamás pronunció palabra alguna, contando, que con la máquina de escribir redactaba poesías al estar sentado en el regazo de su altamente dotado padre. Una niña de ocho años decía con toda convicción: “Hoy llega mi madre”, y de hecho fue así, llegó la madre que vivía en un lugar lejano. No había informado al respecto, pero había aprovechado un viaje indispensable, para combinarlo con una visita al instituto.

En ejemplos tales, observamos una facultad dispuesta también en los niños histéricos, pero acrecentada hasta lo casi increíble. En los niños autistas volvemos a encontrar la vulnerabilidad y el enmudecerse (mutismo) de los histéricos infantiles, pero en una forma acrecentada.

La expresión característica del niño histérico: “eso no lo puedo hacer”, con la cual en principio se retrotrae frente a cualquier demanda, que luego sí puede cumplir, en el niño autista se acrecienta a la imposibilidad absoluta de poder llevar a cabo determinadas actividades (apraxia), a pesar de que la ejecución estaría al alcance de sus facultades. Varios de nuestros niños pequeños, aún en el caso del hambre intenso, jamás extienden su mano para tomar la cuchara o para servirse una rodaja de pan, a pesar de no tener dificultad alguna para mover sus miembros, para apoderarse de objetos o de manipularlos. Algunos padres han intentado quebrar ese supuesto capricho, dejando sentados sus hijos allí, frente al plato lleno de comida. Tuvieron que abandonar empero ese intento de educación, porque los niños – tal como opinaron los padres con toda razón – “morirían de hambre frente al plato colmado de comida”. Aunque un comportamiento de esa naturaleza es difícil de comprender, con respecto al siguiente ejemplo, nos encontramos frente a algo directamente inaudito: una pequeña paciente por poco se hubiese ahogado porque su hermano, jugando, metió su cabeza en un recipiente con agua, y ella no levantó la cabeza. ¿No parecería que el niño percibe a su cuerpo –en este caso la cabeza- como un objeto sin vida, que sólo puede ser movido desde afuera?. A veces empero, la actividad en ese momento necesaria, puede ser puesta en marcha mediante el llamado de otra persona: a un niño de diez años le encantaba comer manzanas. Al colocar frente a él una manzana, la pudo tomar recién cuando se le decía que lo haga. Pero, antes de poder disfrutar esa manzana, eran menester otras indicaciones más: colocar la manzana en la boca, masticarla, tragarla. Otros niños no podían subir una escalera, abrir una puerta, cruzar un umbral, etc. Si no se le decía que lo hagan. Dentro de la influencia de ejecución, que el educador de ese modo efectúa sobre el accionar del niño autista, podemos ver un incremento de la presencia, del acompañamiento a modo de “caricia anímica”, con la cual apoya la actividad del niño histérico.

Podríamos mencionar todavía otras manifestaciones que son paralelas en el niño histérico y en el niño autista. En todos los casos, el comportamiento aun comprensible de niño histérico en el niño autista se ve incrementado de tal manera, que es muy difícil abarcarlo con nuestra comprensión.

Rudolf Steiner ha comparado el seceso de la histeria infantil con el proceso de morirse. Si también a ese proceso, que es una imagen prototípica de las manifestaciones histéricas, lo imaginamos de una manera incrementada en el niño autista, llegaríamos a un paso que deberíamos comparar con el paso del umbral de la muerte. Por supuesto que tales comparaciones deberán ser tomadas con la restricción necesaria y sobre todo, con el necesario tacto. El niño histérico en realidad no está en la condición del moribundo, su expectativa de vida no está reducida. El punto de comparación está dado en su tendencia de extraerse de su corporeidad y de verterse. El niño autista no ha pasado al mundo espiritual, tal como hubiese sucedido en el caso de la muerte, peor la comparación es acertada en el sentido de que se encuentra en un mundo, muy dispar a nuestro mundo. Que esto es así, ha sido percibido una y otra vez y ha recibido las denominaciones más diversas, que señalan lo inaudito y lo inaccesible de la situación del niño autista: “El niño en la bola de cristal” (Junker), “La fortaleza vacía” (Bettelheim), “Un mundo extraño” (Delacato), etc.

El mundo del niño autista es asimismo el mundo objetivo dentro del cual estamos viviendo también nosotros, pero la relación, la referencia hacia ese mundo se ha desplazado de manera tal, que se ha conformado en un mundo totalmente extraño y ajeno para nosotros. La vivencia del mundo de estos nuños está más alejada de nosotros, como aquella del hombre esquizofrénico, que de hecho vive en un mundo completamente diferente, aquel de las alucinaciones y las ideas demenciales.

Lo que el niño autista vivencia, es el mundo de la muerte, el mundo de los objetos sin vida y sus condiciones pueden ser captadas mediante lo físico, mecánico y matemático, que no conoce el desarrollo, la evolución y que se agota en la repetición constante de siempre lo mismo. Es menester, extraer al niño de ese mundo, para re-insertarlo al mundo de los hombres.

Hemos intentado aproximarnos a la situación del niño autista, partiendo de algunas situaciones que constituyen un sobre incremento de los síntomas de la histeria infantil. Hay otras cualidades que no pueden ser llevadas a una relación de esa índole. Con respecto a la “inversión pronominal” mencionada por ejemplo (capítulo anterior) no hallamos nada comparable en los niños histéricos. Pero, el fenómeno de la inversión no está limitado a los pronombres, donde se invierten el “yo” y el “tú”. Lo encontramos con tanta frecuencia en los planos más diversos, que debemos considerarlo como algo característico del autismo. El mundo de estos niños parece haber sido colocado cabeza para abajo. No solamente todo es diferente, sino siempre lo opuesto a aquello que deberíamos suponer a partir de nuestras experiencias y nuestros conceptos reunidos hasta la fecha. Eso comienza ya con el hecho de que las facultades existentes simplemente no se aprovechan. Parecen estar dadas todas las condiciones previas para un desarrollo sano y, así y todo, el desarrollo toma un curso de grave alteración. Los niños se apartan de los hombres y se orientan hacia los objetos en el medio circundante, el rol de hombre y mundo aparece invertido. Se puede golpear y lastimar a sí mismos, sin manifestar dolor, mientras que un cambio en su entorno puede causarles un máximo dolor. También en la vivencia de la propia corporeidad se invierten las relaciones. La figura humana erguida está orientada sobre la polaridad de arriba y abajo, sobre la fuerza ascensional y la gravedad (el cerebro flota dentro del líquido encefálico): la cabeza y el sistema nervioso central viven dentro de la fuerza ascensional, no están inmersos en la gravedad. El resto de la organización – y, sobre todo, los pies por su construcción arqueada – está dispuesta a esa confrontación con la gravedad. También estas relaciones son invertidas por los niños autistas. Algunos de ellos se paran de cabeza durante horas sin que les cause esfuerzo alguno, por el contrario, parecen estar muy a gusto con esa posición. Es muy difundida la tendencia de extraer a los pies de la gravedad y caminar sobre la punta de los pies. Un muy peculiar fenómeno de inversión, es referido por Doris Weber de la siguiente manera: “De los gemelos univitelinos Heidi y Brigitte G., Heidi pudo masticar a los 3 años (cuando a su vez también comenzó a decir algunas palabras). Brigitte en cambio no lo había logrado aún a los 4;2 años, aunque en algún sentido poseía bastante habilidad con respecto a la motricidad, por ejemplo, pudo al igual que su hermana, pararse de cabeza durante un extenso tiempo en la cama. Sucedió una y otra vez que, Brigitte, teniendo en la mano un trozo de manzana o de galletita, miraba intensamente la boca de la hermana, mientras que ésta estaba masticando. A menudo y de repente, Brigitte le arrebató a su hermana el trozo de manzana y lo metió a su propia boca. Al cabo de poco tiempo empero, volvió a escupirlo, acompañando ese gesto con gritos de angustia. No hay duda de que Brigitte había querido masticar, sin poder lograrlo. Quitó el trozo de manzana a su hermana, suponiendo que era la manzana que poseía la facultad del masticado”. Aquí se invierten el adentro y el afuera, yo y el mundo: la posibilidad de lograr el estado masticado es trasladado del hombre a la manzana, como un objeto del mundo circundante. A menudo se invierte también la secuencia temporaria: algunos niños pueden leer y escribir primero (siendo inexplicable dónde y cómo lo han aprendido) y recién después comienzan a hablar.

Cuando los niños autistas comienzan a imitar movimientos, lo cual conforma un gran progreso, entonces a menudo invierten la dirección del movimiento: señalan hacia abajo en lugar de señalar hacia arriba, mueven el brazo izquierdo en lugar del derecho, etc. Visten una prenda al revés, y colocan los zapatos en el pie equivocado.

¿Qué se expresa en tales fenómenos de inversión, en los cuales se cambian los roles de yo y tú, hombre y mundo, arriba y abajo, adentro y afuera, antes y después?. La respuesta a esta pregunta podría ser hallada si se lograra encontrar un lugar en el contexto de la organización humana, en el cual esta anormal tendencia de inversión aparece como proceso normal. Un lugar así existe. Aquel ámbito de la organización humana en el cual todo se “coloca de cabeza”, es la cabeza misma. El cerebro está construido de manera tal, que mediante su estructura se cambian el arriba y el abajo, derecha e izquierda, adelante y atrás, adentro y afuera. Esa inversión direccional es lograda, sobre todo, mediante el cruce de las vías nerviosas, que provenientes del resto del organismo, entran al cerebro. Los centros sensores y motrices de la mitad derecha del cuerpo, en el cerebro están ubicados en el lado izquierdo y viceversa. Los centros para las regiones superiores del cuerpo, se encuentran abajo, al lado del surco central, aquellos, para la mitad inferior del cuerpo, arriba. La organización visual, orientada hacia delante, tiene sus centros en la región más posterior del cerebro. La sustancia gris, que en el cuerpo restante (médula espinal) ocupa una posición central, y está rodeado, encerrado, por la sustancia blanca, en el cerebro se encuentra a modo periférico y rodea a modo de manto gris, la sustancia blanca.

¿Está permitido, establecer una relación entre cosas tan diferentes como la estructura cerebral y los rasgos característicos de un determinado tipo de niños? ¿Acaso, aquí no se están conectando dos ámbitos existenciales incomparables: los morfológicos y los fisiológicos?. Para una consideración abarcativa, un procedimiento tal, es posible y es necesario. Estamos empleando un procedimiento debido, al perseguir, por ejemplo el estilo de una determinada época a través de los ámbitos más diversos, a través de arquitectura, pintura, música, poesía, filosofía, pero también a través de las condiciones sociales y políticas. La catedral gótica es como tal, un fenómeno arquitectónico, o bien, morfológico, pero, a partir del estilo en el cual ha sido construida, se observa una lengua a través de la cual podemos percibir el espíritu de la época gótica en sí. Podemos decir entonces: en determinadas maneras de comportamiento del niño autista se expresa un “estilo”, que se corresponde con aquel de la estructura cerebral.

¿Qué hemos obtenido mediante esa comprensión?. Nos confirma algo, que desde un punto de partida muy diferente ya hemos entendido en la comparación de las manifestaciones autísticas e histéricas. Es el ámbito de la muerte al que estamos llegando. El cerebro es casi exento de vida. Las células cerebrales propiamente dichas ya no se reproducen y por lo tanto no pueden ser repuestas al cabo de lesiones y destrucciones a causa de enfermedad. Y además, a diario se destruyen irreversiblemente miles de estas células. Pero no solamente con respecto a las condiciones orgánicas sino también con referencia a sus subyacentes condiciones de membración suprasensoria, el cerebro tiene afinidad para con la muerte. Los miembros del ser suprasensorios, que promueven la vida, el movimiento y la actividad del organismo se han extraído de la cabeza y han dejado atrás al cerebro, como espejos sin vida de los procesos de la conciencia. Esa membración válida para la cabeza, hasta cierto punto puede ser considerada como válido para el niño autista en todo su conjunto. También en él se ha evadido su parte suprasensoria, sobre todo, su yo, orientándose a otro mundo, tal como lo hemos visto. A partir de allí hallan explicación, por ejemplo, los estados señalados como apraxia. El yo del niño ha perdido ampliamente la posibilidad de realización de sus intenciones a través de la corporeidad, de la cual se ha apartado.

Con respecto al comportamiento simbiótico del niño autista, es asimismo la cabeza la que nos suministra una imagen. La cabeza vive en “simbiosis” unilateral con el cuerpo restante, que se encuentra a su servicio, cumpliendo todas sus necesidades. Se hace portar y llevar de un lugar a otro, tal como lo ha dicho Rudolf Steiner: “la cabeza viaja en carroza”, se le suministran las impresiones sensorias, recibe alimento, etc.

También la acentuación de la simetría tiene ciertamente su morada en la cabeza. En comparación con otras regiones, la cabeza y sus órganos muestran la mayor simetría en la organización humana.

Mientras que el niño autista en su conjunto adopta carácter de cabeza, su cabeza propiamente dicha da la sensación de estar desconectada. El cerebro, y los órganos sensorios con él relacionados, son restringidos y modificados en sus funciones. Esto se evidencia también en los daños cerebrales constatados con frecuencia cada vez mayor. Se evidencia además en las manifestaciones tomadas como alteraciones de percepción: “no ven, no escuchan, no poseen percepción fisionómica”. Esto queda demostrado, sobre todo, en un “empleo no adecuado” de los órganos sensorios.

Que mediante nuestro ojo podemos captar el mundo, es posible por el hecho, de que ese órgano es excluido por completo de la vivencia. No vivenciamos el ojo, sino a través del ojo vivenciamos al mundo. En estos niños, por el contrario, se muestra la tendencia de vivenciar al ojo mismo como órgano, mientras que la función visual pierde importancia. Muchos de estos niños giran, por ejemplo, los ojos extremadamente hacia arriba o hacia el costado, debajo del ángulo (posición lateral final). La sensación de presión y de tensión, evidentemente es vivenciado placenteramente. Otros niños obtienen vivencias similares al apretar al globo ocular con los dedos (fenómeno dígito – ocular). Se trata de vivencias que se ubican en mayor medida en el ámbito del sentido del tacto, del sentido de la vida y del sentido del movimiento, y en menor medida en el ámbito del sentido visual.

También con respecto al oído, se observa ese hurgar en la oreja que provoca un desplazamiento vivencial similar (fenómeno dígito – auricular).

Ya que mediante el mencionado pararse de cabeza, la cabeza es vivenciada en una función ajena a su ser propiamente dicho y hasta podríamos decir, en una función estática, opuesta.

Hasta ahora hemos entendido esta manifestación como fenómeno de inversión. De la misma manera podrían ser entendido de hecho también los referidos desplazamientos vivenciales en los órganos sensorios (ojo y oído). Las manifestaciones que se producen en el niño autista, por cierto que pueden ser contempladas bajo diversos aspectos, que luego de diferente manera revelarán algo acerca de su ser.

Un paso decisivo en el desarrollo de la conciencia del yo infantil se lleva a cabo cuando el niño comienza a hablar de sí mismo, diciendo “yo”. El yo, en vías de encarnación, despierta frente a la resistencia de su corporeidad, y se señala con la palabra, que solamente puede ser empleada para uno mismo. En el desarrollo infantil con salud, este es el caso 2-3 años. Se habla de la “edad del capricho”, por el hecho de que la personalidad que ha despertado, se expresa claramente en la voluntad propia infantil. Vemos que esta etapa es alcanzada con atraso, o ni es alcanzada, o es alcanzada mediante peculiares rodeos por el niño autista. J. Sutz caracteriza la esencia del autismo como “trastornos de la actividad del yo, de la conciencia del yo y de la inculcación del yo”. Van Krevelen habla de un “Retardo de la personalidad infantil en su totalidad”; Bosch habla de una no – aparición o de un retardo de la “constitución de un mundo propio y un mundo compartido”; Bettelheim, de una “negación del propio ser”. Todos estos investigadores con ello van a la misma dirección: El yo del niño autista no se capta a sí mismo, por tal razón tampoco puede percibir el yo de otros seres humanos. Es característico, que el cambio de transición al comportamiento autista a menudo acontece a la edad de 2 a 3 años. Justamente a la edad en la cual el yo tiene que efectuar un paso decisivo hacia su autorrealización, se aparta para orientarse hacia una dirección evolutiva opuesta. Th. Weihs habla de una “reacción – pank, sobre la irrupción excesivamente poderosa y repentina del despertar del propio yo”.

El yo del niño sano a través de su corporeidad se orienta hacia el mundo y vive en él. Realiza su voluntad con la ayuda de esa corporeidad. A través de los órganos de la misma, percibe el entorno natural y humano a partir del mismo, desarrolla vivencias interiores. Dentro de este accionar en común, esa consonancia del yo con su corporeidad, se enciende la vivencia anímica dentro de pregunta y respuesta, dentro de alegría y dolor, dentro de deseo y rechazo.

En el niño autista, el yo se ha distanciado de la corporeidad propia y de la vivencia del mundo posible a través de la mediación del yo y, en cambio, se encuentra situado dentro de los procesos del mundo circundante sin vida. El accionar mancomunado con la corporeidad y el desarrollo resultante de interioridad anímica en el pensar, el sentir y el querer ha quedado afectado de gravísima manera. Es por esa razón, que estos niños pueden tener esa apariencia peculiar de exentos de alma, de indiferencia y de ausencia de participación. Raras veces expresan sentimientos y si lo hacen, es en un contexto con procesos que tienen lugar en el mundo circundante de los objetos. Un determinado vacío anímico se expresa en la precariedad mímica del rostro de finos rasgos y ha motivado denominaciones tales como “sílfide”, “niño-elfo”.

En el ámbito de la voluntad, la alteración se expresa en la falta de impulso y pasividad. Muy pocas veces se evidencia un afán, un celo, una ambición y un desarrollo. El niño autista carece de una conciencia de meta.

Fácilmente se deja de ver, que también existe una alteración del pensar, por el hecho de que esporádicamente los niños pueden dar testimonio de gran inteligencia. Una parte de aquello, que es interpretado como alteración en lo perceptivo o en lo lingüístico, en realidad se debe a la incapacidad de hallar los términos correctos mediante el pensar. Es el pensar, que establece relaciones entre las cosas. Donde el pensar no interviene, el mundo se conforma en un caos incomprensible. El niño autista se ve confrontado con un mundo si relación, sin contexto, sin sentido, sin significación ni importancia y que por consiguiente no puede despertar la participación humana. También Van Krevelen dice del mundo del niño autista, que carece de pensamientos, de ideas que dan vida y en cambio es monótono y yermo.

C. Park, quien a partir de su vivencia inmediata como madre de un niño autista ha escrito el libro más esclarecedor acerca del autismo, ve en la carencia del pensar la clave propiamente dicha con respecto al comportamiento autista: “De hecho, es la carencia principal del niño autista, que es incapaz o no posee la voluntad para la combinación de los componentes primarios. Esa carencia cobra efecto sobre los órganos sensorios, sobre el habla, sobre la actividad y sobre la vida del sentir. Por esa falta de actividad del pensar que crea relación, en ocasión del aprendizaje de la lengua al niño autista le cuesta captar y aprender las palabras tales que indican relación, situación, recursos, circunstancias entre las cosas. Se trata sobre todo de las palabras pequeñas, aparentemente insignificantes, que son señaladas como preposiciones y conjunciones. Pasa mucho tiempo hasta que pueda ser lograda, aunque fuese la más simple conexión, a través de la palabra “y”. Mucho más difíciles de comprender aún, son las relaciones espaciales y temporales, que se establecen mediante “debajo”, “por encima”, “ayer”, “antes”, etc. y palabras tales como “en verdad”, “a decir verdad”, “ciertamente”, “por cierto”, “en efecto”, “sin duda”, “a saber”, “es decir”, “o sea”, “a pesar de”, en las cuales según Jean Paul se oculta toda una filosofía, son casi inaccesibles para ellos. Todo esto queda en evidencia en la lengua, no se trata empero de una alteración del habla.

E. Affolter ha narrado de manera convincente, como en el curso de la evolución infantil se llega a una conexión cada vez más estrecha de percepciones en principio espacial y temporalmente separadas. Al no lograr los niños autistas establecer tales conexiones, en realidad no se puede hablar de una “alteración perceptiva”. La percepción como tal, no está alterada. Lo alterado es la comprensión de la percepción, que surge del concepto captado en el pensar. Este trastorno de la comprensión es, lo que bloquea la referencia, la relación hacia la próxima percepción. Cuando un niño no gira la cabeza en dirección a una fuente de sonido, esto no se debe al hecho de que no está escuchando el tono que parte de esa fuente de sonido, sino se debe a que con lo escuchado no relaciona un concepto y por lo tanto no sabe, de que algo para escuchar también puede ser algo para ver.

Al finalizar su libro, C. Park nos dice, al referirse a su hija autista Elly: “Por cierto, que no puedo decidir, qué definición profesional corresponde al síndrome de Elly. Hay una, que según mi opinión por cierto que no puede ser empleada. Mi hija de ninguna manera es una niña “trastornada”. De vez en cuando sucede algo que supera su capacidad, y esas cosas la confunden. Pero, por más tiempo que la observo, tanto mejor la estoy conociendo y, tantas más cosas estoy viendo en ella, tanto más convencida estoy, de que no estamos frente a un trastorno, sino frente a una carencia. No se trata de una tuerca floja, la tuerca está faltando”. Aquí, de un modo muy simplificado, pero gráfico, se está señalando lo de profundo alcance del cambio que se observa en el niño autista. En lo aquí expuesto, hemos tratado de averiguar a base de los síntomas, qué podemos entender bajo “tuerca” que sujeta la organización humana. Se trata del miembro del ser humano central, del “yo”, que, aunque no está ausente definitivamente, pero se ha alejado en una medida tal y ha cambiado su rumbo de modo tal, que es muy difícil llegar a él. El yo del niño autista se ha alejado del ámbito humano y debe ser reconquistado para ese ámbito. Esa, es la idea – guía que subyace al tratamiento.

Es, sobre todo, la fuerza configuradora de la palabra, que apela al yo del niño. Aún cuando el niño todavía no habla, ya representa una ayuda, cuando en su entorno se habla de una manera bien configurada y cuando se acerca al niño lo hablado y lo recitado. Una vez que el niño ha aprendido a hablar, también tenemos que cuidar en él, que lo haga de manera clara y bien entendible. Cobra empero un efecto especial todo aquello, que a modo de gesto hablado, acompaña la palabra hablada. Si el niño puede participar de un culto propio del espíritu, en ello también yace un elemento terapéutico. Una gran misión posee aquí la euritmia como “Lengua – visible”.

El yo vive dentro del ritmo de las 24 horas. La vivencia siempre repetida de un curso diario configurado con pleno sentido, tal como es posible en un hogar pedagógico – curativo, crea la atmósfera en la cual el yo pueda integrarse. Mediante la festividad matinal y vespertina, mediante el elemento despierto de las clases por la mañana y mediante el elemento anímico de las horas de recreación en horas de la tarde, se remarcan las cualidades del día.

El yo vive en la calidez. Esa vivencia está alterada en los niños autistas. Son casi insensibles frente al enfriamiento. Tenemos que cuidar de que estén que estén bien abrigados. Baños calientes, también baños sobre – calientes pueden brindar ayuda. En oportunidad de temperatura sub – febril del cuerpo (levemente elevada) el estado mejora ostensiblemente.

El yo vive en la voluntad. La voluntad vive en el movimiento. También desde ese aspecto, la euritmia es un aliciente indispensable; pero, también todo lo demás, que conduce al niño al movimiento pleno de sentido, al movimiento transpuesto de plenitud anímica.

La figura humana es una expresión de la organización del yo. Podemos constatar, una y otra vez, que estos niños apenas poseen una noción de su figura, de su “esquema corporal”. Cuando intentan dibujar una persona, el resultado es una suma de partes corporales, que no concuerdan en formar la figura humana. Ejercicios sistemáticos de la así llamada “geografía del cuerpo” pueden prestar su ayuda: “muéstrame tu oreja izquierda”, “toca con la mano derecha al pie izquierdo”, etc. Por intensivo que pueda ser el tratamiento, esa intensidad jamás puede ser aplicada de manera directa sobre el niño. Nunca jamás podemos dirigirle la palabra directa y enérgicamente, o mirarle a los ojos. Todo encuentro con el yo de la otra persona actúa como un ataque, contra el cual el yo propio tiene que mantenerse en pie. En el niño autista, cuyo yo está tan lejos que parecería ni estar en existencia, un encuentro directo podría tener graves consecuencias y podría actuar a modo de una lesión, contra la cual es indefenso y a causa de la cual es empujado hacia una lejanía aún mayor.

Con objetividad y serenidad, y “con el afecto apagado” (Asperger), el educador está parado al lado del niño, liberando esa manera el espacio, al cual puede aproximarse el yo del niño.

Capítulo VI
UN MUNDO VACÍO DE SERES HUMANOS–

EL AUTISMO COMO MANIFESTACIÓN DE LA ÉPOCA

“Por entonces, en la época de mi juventud en St. Gallen (Suiza), todas las semanas venía el huevero de Engelburg; en la primavera, además tenía en su canasto brotes de pino, que mi madre utilizaba para preparar una deliciosa melasa. Todos los años en otoño, el campesino de Märvil en su carro nos traía manzanas y peras, que durante todo el invierno guardábamos en el sótano, mientras las consumíamos. De Brugger llegaba un viajante que traía jabón y bálsamo de pinocha. Y por supuesto, a diario y a temprana hora llegaba el lechero con la leche y la manteca.

Hoy, la leche es un paquete colocado en una hilera y para ello fue pasteurizada y homogenizada. En lugar del boletero, quien (no hace de ello tanto tiempo) me vendía el boleto, ahora me manejo con la máquina automática. La pequeña panadería a la vuelta de casa ha desaparecido; y no puedo charlar con las góndolas del supermercado. Y lo próximo es, que también está por desaparecer el cartero: él, que ha sido la quinta esencia de mi comunicación con el mundo, por las circunstancias es reemplazado por la casilla de correo. La comunicación a través del autoservicio es más racional, pero, así y todo, un contrasentido.” Así comienza un artículo de August Hohler, que se ocupa del progresivo desmantelamiento de las relaciones interhumanas en la vida actual. Y llega a la conclusión: “La suma de estas pérdidas de contacto disminuye constantemente la calidad de vida, y acusa de la ausencia de relación con otros, finalmente el hombre perece”.

Frièdrich Sieburg escribe de New York: “Este maravilloso estar solo, que ninguna otra ciudad del mundo puede ofrecer!¿Qué sucede empero, cuando ese estar solo se conforma en irreversible modo de vivir? Millones de personas van pasando, salen de las bóvedas de los subterráneos y van a los autobuses, a las estaciones ferroviarias, van a los locales de comida, a los bares lácteos, a las oficinas y a los negocios. Nadie en absoluto le arroja aunque fuese una fugaz mirada a los demás transeúntes, podría alguien tener un tercer ojo en la frente y no llamaría la atención a nadie. Es como si los hombres no tuviesen mirada, ni cuerpo: sin obstáculos fluye, se mezcla y separa la masa humana. Durante días y en las horas de máximo tránsito, o en los momentos más serenos recorrer el Park Avenue, atravesar Madison Avenue, o apostarnos frente a la iglesia Sankt Patrik, para contemplar el movimiento del Rochefeller Center (una ciudad dentro de la ciudad) y jamás se tendrá la más mínima sensación del contacto, jamás se podrá captar una mirada o provocar el mínimo impulso por parte de los demás, si por ejemplo se nos cae un paquete al suelo o si tropezamos. Poco a poco, luego uno mismo aprende a dominar su mirada y, orientarla únicamente al vacío. De otro modo, tal vez sería muy difícil soportar la soledad que rodea a la mayoría de los rostros, a modo de un muro invisible”.

Lo que es valedero para New York de una manera especialmente concentrada, cobra validez de un modo más o menos explícito con respecto a todas las grandes ciudades.

Acotación de la traductora:

Recuerdo con gran cariño un acontecimiento, donde sucedió todo lo contrario: acompañé a una señora alemana con sus tres hijos adolescentes a San Julián (Santa Cruz), donde había fallecido su marido. También estaba el padre de la señora que conducía el vehículo que se descompuso. Teníamos que tomar el avión en Comodoro Rivadavia.

De vez en cuando pasaban camiones que venían de Tierra del Fuego. Paramos al primero que pasó. Se detuvo de inmediato, un gran camión furgón de la empresa “Cruz del Sur”. En una hora de trabajo logró reparar el defecto, de manera tal que podíamos llegar a Comodoro Rivadavia. La señora le ofreció unos alfajores y dinero: “los alfajores sí, dinero no” dijo el camionero. “Aquí los unos tenemos que ayudar a los otros”. Los jóvenes estaban atónitos: “esto no existe en Alemania, pero nosotros queremos imitar este ejemplo” -dijeron

El mundo exento de hombres, en el cual está viviendo el niño autista, a causa de las condiciones interiores de su disposición, se le presenta al hombre de la actualidad desde afuera, en las condiciones impuestas por la vida moderna. Pero, ¿realmente sólo es de afuera?¿Acaso no se trata de pensamientos humanos, situados detrás de esas condiciones de vida?. Pensamientos procedentes del interior humano, han creado las condiciones exteriores que ahora cobran efecto sobre los hombres.

La soledad, la falta de contacto, el empobrecimiento anímico, toda la postura del niño autista que en un principio parecía ser imposible de comprender, muestra ser emparentado interiormente a las actuales formas de vida.

De esta manera y desde otro ángulo, llegamos así nuevamente a la relación de la constitución intelectual de la conciencia, hacia el suceso autista, que ya había llamado la atención de los médicos y psicólogos al comienzo de su investigación con respecto al autismo cuando orientaron su atención a las familias de los niños autistas.

El autismo infantil no es una manifestación característica de nuestra época solamente por el hecho de que ha sido descubierto en la actualidad, sino también por el hecho de que en él, ciertas tendencias de la vida moderna se concentran en forma extrema.

Del mismo modo, como el niño mongoloide trae a nuestro mundo algo así como una forma existencial pasada, el niño autista puede conformarse para nosotros en algo así como una visión hacia el futuro, que debería producirse en el caso de que determinadas unilateralidades de la vida actual seguirían acrecentándose en la misma dirección. De esta manera, el niño autista a su vez se conforma en llamado a una nueva estructura de un mundo más humano, tarea en la cual todos nosotros debemos participar.